Hay una idea que, a primera vista, parece difícil de discutir, cuanto más hace una universidad por la sociedad, mayor es su compromiso con ella. Bajo esa lógica, una institución verdaderamente responsable tendría que estar presente en cada problema, responder a cada necesidad y ampliar constantemente sus ámbitos de actuación. Sin embargo, quizá convenga detenernos ante esa conclusión. Servir más no necesariamente significa hacer más cosas. A veces significa comprender mejor qué podemos aportar y hacerlo bien.
Esta pregunta cobra especial importancia cuando hablamos de la llamada tercera misión de la universidad. Tradicionalmente hemos reconocido dos grandes tareas universitarias: formar y generar conocimiento. Con el tiempo, la reflexión sobre la tercera misión ha intentado poner nombre a otra dimensión igualmente importante: la relación de la universidad con la sociedad. Ahí caben hoy actividades muy distintas: transferencia de conocimiento, innovación, emprendimiento, formación continua, difusión cultural, vinculación con empresas, sostenibilidad, desarrollo territorial o compromiso social.
Esta ampliación tiene algo profundamente valioso. Nos recuerda que la universidad no existe encerrada en sí misma. Lo que sucede en un aula o en un laboratorio no debería terminar ahí. El conocimiento adquiere una fecundidad distinta cuando consigue iluminar problemas reales, mejorar instituciones, abrir oportunidades o contribuir a la vida de las comunidades. Una universidad indiferente a aquello que sucede a su alrededor terminaría traicionando una parte importante de su propia vocación.
Pero precisamente ahí aparece una dificultad. Cuando prácticamente cualquier forma de vinculación social puede incorporarse bajo la idea de tercera misión, corremos el riesgo de terminar pidiendo a la universidad que haga de todo. Esperamos que genere conocimiento, forme profesionistas, impulse empresas, reduzca desigualdades, responda a emergencias sociales, transforme comunidades, produzca innovación, promueva la cultura, genere empleo y encuentre soluciones para problemas que ni el Estado ni el mercado ni la sociedad han conseguido resolver. Son aspiraciones comprensibles. El problema aparece cuando confundimos compromiso con sustitución. Y eso cambia la manera de entender el servicio.
Una universidad sirve formando personas capaces de comprender la realidad y actuar responsablemente en ella. Sirve investigando problemas cuya solución quizá no sea inmediata. Sirve reuniendo disciplinas que normalmente trabajan separadas. Sirve generando evidencia para una decisión pública o conocimiento que permita innovar a una empresa. Sirve abriendo espacios para la conversación y el pensamiento crítico. Sirve preservando preguntas que quizá no tengan una utilidad evidente hoy, pero que necesitamos seguir haciéndonos como sociedad.
Incluso puede servir cuando incomoda. Porque servir no significa confirmar siempre aquello que el entorno quiere escuchar. Una de las mayores aportaciones de la universidad consiste precisamente en conservar la suficiente libertad intelectual para preguntar, contrastar, cuestionar y mirar más allá de la urgencia inmediata. Su autonomía no debería alejarnos de la sociedad; debería permitirnos servirla mejor.
Esto exige también humildad. Ninguna universidad puede resolver por sí misma los grandes problemas contemporáneos. El agua, la desigualdad, la migración, la transformación tecnológica, el futuro del trabajo o la sostenibilidad desbordan las capacidades de cualquier institución aislada. Necesitamos empresas, gobiernos, comunidades, organizaciones sociales y universidades capaces de colaborar desde aquello que cada uno sabe y puede hacer mejor.
La colaboración auténtica no comienza cuando todos intentamos hacer lo mismo. Comienza cuando reconocemos que nos necesitamos precisamente porque somos distintos.
Quizá por eso la tercera misión no debería entenderse simplemente como una lista cada vez más extensa de actividades que añadimos a la docencia y la investigación. Su pregunta de fondo es mucho más interesante: ¿cómo ponemos aquello que somos y sabemos hacer al servicio de los demás?
Esta pregunta evita dos extremos. El primero sería una universidad encerrada en sí misma, satisfecha con producir conocimiento sin preguntarse por su impacto. El segundo, una Universidad que, en su deseo de responder a todo, termina perdiendo aquello que la hace distinta y valiosa.
Entre ambos extremos existe un camino más exigente: escuchar profundamente a la sociedad sin dejar de ser universidad; comprender sus necesidades sin quedar sometidos a cada demanda inmediata; colaborar con otros actores sin pretender sustituirlos; y transformar nuestras formas de actuar cuando sea necesario, sin perder nuestra identidad.
Porque servir no es hacer de todo. Servir es descubrir qué tenemos para dar, reconocer a quién puede ayudar y ponerlo generosamente a su disposición. También para la universidad.
