Vete de mí
El tema de un posible juicio político y consecuencial salida del Presidente de Estados Unidos parece más posible que nunca
Hacia finales del año pasado, un diputado texano de un distrito de Houston desde 2005 lanzó la primera iniciativa para hacerle a Donald Trump un juicio político —la palabra impeachment se hizo popular en nuestro país a partir del Watergate de Richard Nixon y su frase famosa al subir al avión de su retiro: “ya no tendrán otro Nixon a cual patear”—, pero el seis de diciembre la Cámara de Representantes anunció que la propuesta de 2017 no era digna de discutirse siquiera, por una votación de 364 a 58. Una insistencia del diputado Green resultó en un rechazo similar: 355-66.
De cualquier forma, el tema de un posible juicio político y consecuencial salida del Presidente de Estados Unidos parece más posible que nunca. En contra del señor Trump se han acumulado su intolerancia en política internacional —que a los señores del capital norteamericano no hace felices—, así como otras formas más radicales de radicalismo racial, como la separación de las familias de migrantes indocumentados capturados en la frontera. El mal manejo de esta crisis, independientemente de su ilegalidad y crueldad, causó un fuerte impacto en la imagen de Trump, al grado de que el presidente tuvo que meter reversa, que es una de las velocidades menos preferidas en su automóvil político.
Todo dependerá, como en el caso nuestro, de las próximas elecciones. Las nuestras son el domingo que viene; la de término medio, congresionales, de Trump, serán la primera semana de noviembre. Si el Partido Demócrata logra una fuerte mayoría en el Congreso, las posibilidades del impeachment crecerán enormemente.
La historia habla en sentido contrario. Durante los dos primeros siglos de la existencia de Estados Unidos solamente un presidente, Andrew Johnson, fue sometido al proceso en 1868. Fue absuelto por el Senado por un solo voto. La tradición americana aboga por la unidad y no por el rompimiento que implica mandar a su casa a un presidente del país.
Nuestros tiempos son diferentes; en 1974 Richard Nixon fue obligado a renunciar después de un impeachment histórico. No menos histórico fue el juicio a Bill Clinton, que en 1998-99 se escapó por un pelito de salir de la Casa Blanca no por haber tenido relaciones sexuales con una estudiante haciendo servicio social en la casa presidencial, sino por haber mentido cuando se le cuestionó sobre el asunto.
El establishment norteamericano no ve con buenos ojos llevar a un juicio al presidente de su país, sería reconocer una debilidad estructural de su sistema político, electoral, de justicia y de legislación.
Pero esto es como las brujas. Todos sabemos que no existen. Pero de que las hay, las hay. Un presidente de Estados Unidos no suele ser sometido a la ley. Pero de que debe, debe.
