Por una cabeza

Hay gente que considera que el principal daño colateral de las elecciones del primero de julio fue la serie de despropósitos que integran el llamado plan de gobierno de la administración que viene, comenzando por la consulta popular sobre el destino del, ya iniciado, ...

Hay gente que considera que el principal daño colateral de las elecciones del primero de julio fue la serie de despropósitos que integran el llamado plan de gobierno de la administración que viene, comenzando por la consulta popular sobre el destino del, ya iniciado, Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, en sustitución de los estudios científicos de expertos que ofrecen opciones realistas, y acabando con el batallón de 32 procónsules que garantiza la perpetuidad de Andrés Manuel con el dominio total de los gobiernos locales de las entidades federativas. Eso, solamente como una muestra significativa.

Hay algo peor, que es la destrucción absoluta del sistema de partidos políticos que, con todo y sus deficiencias estructurales y operativas, con todo y sus corruptelas, planteaban una alternativa a la concentración del poder en manos de una sola persona. En otras palabras, el regreso ominoso a la presidencia imperial, el renacimiento de un PRI revitalizado, de un carro completo y aplanadora infame. Ante esta indiscutible realidad, la única alternativa que se antojaba era el resurgimiento de los partidos políticos por el único camino viable: bajar la cortina de sus respectivos burdeles, correr a sus principales administradores y refundar nuevos negocios en otro sitio, con otro nombre y con otro elenco, para comenzar un largo camino del día hacia la noche, esperando con paciencia refundar una esperanza perdida que fue la que llevó a Andrés Manuel a su omnímodo poder actual.

No parece haber esa disposición en el PAN, el PRD o mucho menos en el PRI. La mejor manifestación de esta crisis es el chanchullo operado en Nuevo León. Los resultados de las elecciones en dos de los principales municipios del estado, Monterrey y Guadalupe, han sido revertidos por el Tribunal Estatal Electoral para cambiar por dos de tres votos del Tribunal los resultados en favor de los candidatos del PRI, el reincidente Adrián de la Garza y la recurrente Cristina Díaz, y en perjuicio de los dos candidatos del PAN que habían salido ganadores del conteo.

Lo más gracioso de todo —en otros sitios le llamarían ridículo— es que el diferencial de los nuevos resultados a los que llegó el TEE son de décimas de punto porcentual. En el caso de Monterrey, Adrián se reelegiría por dos décimas de punto; en Guadalupe, Cristina volvería al palacio municipal que ya ocupó una vez, por una diferencia de cuatro décimas de punto porcentual en contra del panista Pedro Garza. Ya ni siquiera por una cabeza; si acaso por una nariz.

Los panistas no están mancos y esto no se acaba hasta que se acaba, como diría una frase clásica; de lo que por lo menos este sexenio será a huevo el deporte oficial de nuestro país, el beisbol. Es evidente que, para volver a las viejas prácticas de la política mexicana, ambos casos se resolverán en las negociaciones en lo oscurito: Monterrey para un bando, Guadalupe para el contrario. Alguien escuchará la famosa frase de la práctica política en nuestro país desde los tiempos de Ruiz Cortines: “perdimos, compadre”. Para el caso, comadre. Y en final de foto, para seguir en el hipódromo.

Puede parecer de chiste, pero no lo es: los políticos mexicanos no cambian. Andrés Manuel está regresando a sus orígenes autoritarios del PRI. Los demás siguen empeñados en no ser oposición, ni siquiera parecerla, sino simplemente conservar el mayor número de ubres que alimenten sus apetitos que antes eran insaciables y ahora tienen que conservarse dentro de la fingida austeridad republicana.

Solamente por un tiempo.

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