Managua, Nicaragua, donde yo me enamoré
Este era un rey que tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha de día y un rebaño de elefantes, un kiosko de malaquita, un gran manto de tisú… Rubén Darío, a ...
Este era un rey que tenía un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita, un gran manto de tisú…
Rubén Darío, a Margarita Debayle
Hace unos 20 años me encontré en Nueva York a Daniel Ortega, quien estaba estrenando su título y presupuesto de presidente de Nicaragua. Coincidimos en la óptica donde yo compraba, entonces, mis lentes, sobre la calle 57, cerca del Russian Tea Room. Me impresionó el faraónico séquito que le rodeaba, pero más que se comprara unos lentes más caros que los míos. Compró varios pares y porque yo pagaba los míos de mi sueldo y él del erario de un país más pobre que el nuestro, que los hay.
Por ese tiempo un grupo guerrillero argentino trotskista había matado en Paraguay a Anastasio Tachito Somoza Debayle, de un espectacular bazucazo que acabó con el mito de los Mercedes Benz blindados. El heredero de la larga dictadura somocista, por cierto sobrino de Margarita Debayle, quien fue de niña la destinataria de un poema cursi de Rubén Darío, que se dice por ahí lo compuso a cambio de una botella de whisky, había salido huyendo de la guerrilla sandinista que Daniel Ortega Saavedra encabezaba. Ortega se convirtió en presidente por un breve tiempo que la señora Violeta, viuda de Pedro Joaquín Chamorro, el asesinado director del antisomocista diario La Prensa interrumpió en las urnas.
Ortega regresó a la presidencia de Nicaragua, en gran parte por el apoyo que Cuba, Venezuela y lo que quedaba de la Unión Soviética recibió, y se convirtió en un popular presidente populista. Pero Ortega no solamente imitó las políticas de caridad pública de Hugo Chávez: le recibió en herencia su obsesión por el poder. No solamente cambió la ley para reelegirse; nombró también a su esposa vicepresidente y heredera del cargo máximo. La momentánea bonanza de las mayorías le brindó apoyo.
Pero el oro de Moscú, el verbo de La Habana y los petrobolívares venezolanos no eran eternos. Ortega está enfrentando la más horrible crisis desde la guerra civil que le llevó al poder y que costó miles de muertes por la lucha entre sandinistas y contras patrocinados por los EU de Richard Nixon.
El problema es que, como todos los dictadores, Daniel Ortega no sólo ha pretendido eternizarse en el poder, sino que ante la oposición desatada por su intento de modificar su populista plan de seguro social ha respondido con una represión. Los paramilitares que me recuerdan al séquito que ví en Nueva York llevaban, hasta ayer más, de 350 muertos en los enfrentamientos. Las tropas de Ortega y su señora esposa han sido enviados a lo que llaman una “operación limpieza”, que ha resultado desalmada. Tanto que los organismos interamericanos e internacionales han levantado la voz pidiendo cese la masacre, que —proporciones guardadas— tiene los tintes de genocidio balcánico.
No deja de ser irónico que la mayor parte de los muertos haya sido aportado por la rebelde ciudad de Masaya, y de manera especial del barrio de Monimbo. Precisamente en Monimbo y en Masaya los rebeldes guerrilleros del Ejército Sandinista se replegaron para el asalto final que acabó con la dictadura somocista. Indudablemente, los carniceros de hoy serán los puercos del mañana. Margarita Debayle, muerta viuda en Perú en 1983, la mar hoy no está linda.
