Di por qué, dime abuelita
La sociedad mexicana tiene una permanente deuda con los viejos y los niños, con los indígenas y las mujeres
Acabamos de celebrar el día del adulto mayor, del abuelo o de la abuela, con la misma hipocresía que el 10 de mayo le compramos una plancha a mamá para que se haga cargo de nuestra ropa como la sirvienta que hemos conservado en nuestra casa desde siempre. Los pueblos tienen que medir su cultura no por las pirámides antiguas o las obras literarias que en su territorio se escriban, sino por la manera en que trata a sus minorías castigadas. La sociedad mexicana tiene una permanente deuda con los viejos y los niños, con los indígenas y las mujeres, quienes jamás han podido disfrutar de un trato justo.
Las pensiones miserables que reciben los viejos son un cínico disfraz que no soluciona la supervivencia de gente que estuvo en calidad de minusválida en lo que se refiere a los salarios, que al final de los años fue el criterio que determinó la mensualidad con la que apenas sobreviven.
Si a esto agregamos que los recursos destinados a las pensiones son cada vez menos porque cada vez vivimos más tiempo. Los avances de la ciencia médica permiten hoy que las mujeres vivan hasta los 80 años fácilmente; los varones un par de años menos.
La pirámide poblacional está aportando cada vez más viejos que tenemos que ayudar y cada vez menos fuerza de trabajo joven que aporte por la vía de los impuestos para que el Estado pueda disponer de recursos.
El sistema burocrático del Seguro Social, que en teoría maneja la información de cada uno de nuestros viejitos para entregarles los apoyos, es tradicionalmente ineficiente: los expedientes no se encuentran y el mínimo de semanas en las que cotizaron sus cuotas a la institución son difíciles de documentar para poder hacer alguna reclamación.
Lo mismo pasa con los indígenas o con las mujeres, en gran medida madres solteras, que son la cabeza de su familia y que fueron abandonadas por el macho mexicano.
En medio de esta injusticia secular la próxima administración va a becar a los jóvenes que ni estudian ni trabajan y obligará a la iniciativa privada que les ocupen en algo, lo que sea, para justificar un estipendio que es naturalmente mayor al que reciben los viejos. Se necesita muy poca vergüenza para manejar el erario de esta manera.
PILÓN.- Nos aceleramos demasiado en celebrar el convenio verbal logrado con Estados Unidos en lugar del TLCAN. La industria automotriz que es, evidentemente, la columna vertebral de las ventajas para los mexicanos con sus salarios menores va a comenzar a sufrir las presiones de Donald Trump con sus aranceles, que podrían llegar al 25%, encareciendo el producto final y reduciendo el volumen de la producción.
La consideración de que los trabajadores mexicanos deberían percibir lo mismo que los obreros estadunidenses puede parecer de gran beneficio.
La realidad es que en el momento de que los salarios para la fuerza laboral mexicana crezcan, la sustitución de la mano de obra nuestra por máquinas robotizadas tendrá consecuencias graves.
Y si no, al tiempo.
