Cuando me vaya para Venecia…
El costo y la inaccesibilidad de los satisfactores más elementales han empujado a millones de venezolanos a buscar refugio en otras tierras
Baja dumont, baja dumon que aquí te espera la comisión que ha de llevarte a la antequera.
Que se vaya donde quiera que no me pienso bajar.
Adiós, Lucrecia.
No recuerdo haber escuchado a Hugo Chávez decir explícitamente que su objetivo vital fuera convertir a Venezuela, el país que gobernó, en una copia de la Cuba de los Castro, aunque es obvio que así lo era. La realidad que hoy se nos demuestra es que logró lo que quería. Los venezolanos que pudieron pagarlo se encuentran hoy en el exilio. Como los tempraneros gusanos que generó Fidel. Los demás venezolanos andan buscando por todos lados el camino al éxodo. La falta de libertad y la miseria económica que sufren los venezolanos los equiparan a los cubanos de los primeros cuarenta años del castrismo. Poniendo al sexo en el mercado inmediato.
Durante un par de generaciones, los mexicanos —y mexicanas— sabían, y saben, que a los viajes turísticos a Cuba no hay que llevar pareja. Por 20 dólares, una cena en restaurante, literalmente exclusivo, o unos pantalones de mezclilla, dicen, se consigue una pareja mejor que la actual, temporal, dócil y desechable. Hoy, en Caracas o Maracaibo o la provincia Zulia o cualquier rincón de ese gran país, cuyo nombre debe ser la pequeña Venecia, la posesión de divisas garantiza cualquier favor, sexual incluido.
En la Ciudad de México, el otro día, la policía “liberó” a tres docenas de mujeres que eran prostituidas en un antro; diez de ellas eran venezolanas.
El costo y la inaccesibilidad de los satisfactores más elementales han empujado a millones de venezolanos a buscar refugio en otras tierras. Los privilegiados tempranos fueron mis vecinos en Miami. Los de ahora se van a Colombia, Ecuador o Brasil. En Pacaraima, municipio brasileño fronterizo, ya brotó la xenofobia y los campamentos de refugiados venezolanos han sido atacados con violencia.
El exilio venezolano ha venido a sustituir, de este lado del océano, a las migraciones políticas de antaño, como la enriquecedora de España, que tanto bien dejó a nuestra tierra.
Lo doloroso de todas las migraciones es que nunca son voluntarias. Nadie deja su pedacito de tierra en México para irse a sufrir vejaciones, maltratos y mala paga porque quiere irse. Se trata, simplemente, que a México y su pedacito de tierra no le han dado una oportunidad mínima de realización, de educación, de trabajo, de cobijo o de alimento.
El caso de los y las venezolanas es diferente. Habían sido criados en la cultura de un país supuestamente rico, con un patrimonio petrolero envidiable en monto y calidad. Por ello, los venezolanos se acostumbraron a no cultivar nada en su tierra ni hurgar en sus aguas en busca de peces ni encontrar oro en sus entrañas. Cuando el petróleo empezó a bambolearse como pilar fuerte de cualquier economía, los venezolanos no supieron entender el mensaje. Cuando Hugo Chávez vulneró toda la institución estatal para erigirse en la República Bolivariana afiliada a la Cuba comunista, comenzó la debacle.
Una debacle que no para. Lo clásico es decir que no hay papel de baño ni shampoo ni carne ni leche ni nada.
El asunto es más serio: La pequeña Venecia se ha hundido en el mar. Y es muy difícil que alguien la pueda sacar.
PILÓN.-El asunto de los chanchullos en los resultados electorales de Nuevo León va a ser paradigmático para la vida política en esta nueva cuarta república. O vamos a jugar como caballeros o seguiremos jugando como lo que somos. Al gobierno de Andrés Manuel eso lo tiene sin cuidado; él ya nombró a su virreina para que le cuide las manos a El Bronco y sus secuaces, con su manita en el grifo de los dineros que la federación va a querer otorgarle al Estado a partir del primero de diciembre.
Aquí van a salir chispas, aunque El Bronco no se atreva.
