Aquí vine porque vine
No hay cerro que se me empine ni cuaco que se me atore… Chucho Monge, La feria de las flores. El fenómeno es constante y es inevitable. El cambio de mando implica siempre un ...
No hay cerro que se me empine
ni cuaco que se me atore…
Chucho Monge, La feria de las flores.
El fenómeno es constante y es inevitable. El cambio de mando implica siempre un cambio de forma, aunque no se confiese. Está en la naturaleza, todo animal, cuando llega a su nuevo territorio, antes de buscar hembra (que en realidad es ella la que escoge) mea su territorio. Lo deja impregnado con su orina para que nadie se atreva a invadirlo, merced —se dice— del penetrante olor de su particular amoniaco que todos los demás pueden distinguir.
Cuando en una empresa, un ejecutivo llega a tomar posesión de su oficina nueva, lo primero que hace es cambiar la ubicación de los muebles. Si puede, cambia el escritorio, el color de las cortinas y cualquier otro detalle del escenario. Preferentemente, hace un rebaraje del personal, desde la secretaria hasta el chofer; hasta hoy, eso no implica despido de los anteriores, sino reubicación e incremento a la nómina.
Este juego de las sillas, que es muy gracioso, tiene una lógica. Si nada cambia con mi llegada, ¿para qué llegué? Se nulifica la necesidad del cambio.
En sentido contrario, dirían los latinos, se genera la reacción en reversa. Los que estaban procurarán obstaculizar la vereda de los que llegan, y en ese tour de force termina definiéndose el equilibrio de las fuerzas.
Ese fenómeno es el que estamos presenciando hoy, en lo que por primera vez se llama propiamente transición del poder, cuando hasta este año había sido simplemente un cambio de suertes, como decimos los aficionados a los toros.
Por su singularidad, esta circunstancia le ha convertido en espectacular. El presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, está pasando, toda proporción guardada, por lo que pasan en estos días miles de adolescentes mexicanos en las escuelas que conservan la salvaje tradición de las novatadas.
Lo cual es un reto magnificado.
Algunos de los nombramientos previstos y anunciados por el próximo Presidente lo han puesto en una situación beisbolística —que es lo que le gusta a Andrés Manuel— de tres y dos. Eso es notorio en el caso de Manuel Bartlett al frente de la CFE. Variadas voces políticas, de diferente calibre y de arma diversa, han tratado de derribar a este blanco, que no es de feria. Por el contrario, este conflicto tiene la virtud de definir si el próximo Presidente de México está dispuesto a cambiar su designación, cediendo así a presiones de tendencias de opinión y grupos de poder o, simplemente, va a aferrarse a lo que parece ser su estructura ideológica y estratégica, intransigente, intolerante y de mano firme. Personalmente, creo que Andrés Manuel ya meó su territorio y no va a meter reversa en el nombramiento de Bartlett. Este dilema es lo que define el parteaguas de la siguiente administración. Lo que la endeble oposición quiere es que el próximo Presidente sea congruente con el abrazos, no balazos y el amor y paz. Lo más probable es que, como dice la canción de Chucho Monge, a propósito de la flor en disputa en su canción, López Obrador opte por “yo la he de dejar plantada en el huerto de mi casa… y si llega el jardinero, pues a ver, a ver qué pasa”.
