Año de las Olimpiadas

Año de las Olimpiadas, muy presente tengo yo. Allanaron las escuelas y un derecho se violó. Anónimo. Se están cumpliendo justamente cincuenta años del inicio del fenómeno de descomposición social y ...

Año de las Olimpiadas, muy presente tengo yo.

                Allanaron las escuelas y un derecho se violó.

                Anónimo.

Se están cumpliendo justamente cincuenta años del inicio del fenómeno de descomposición social y quiebra del Estado mexicano, cuyas consecuencias estamos reconociendo con extraña mezcla de estupor, frustración y esperanza. Como todos los fenómenos históricos, lo que llamamos movimiento estudiantil de 1968 emergió por accidente: Una explosión de la comprensiblemente inquieta testosterona en los jóvenes de una escuela, llamada entonces vocacional, les llevó a enfrentar físicamente a otros jóvenes de otra escuela vocacional, por un partido de futbol. Un gobierno vejete y anquilosado no supo reaccionar a esa energía desatada y acudió a lo único que saben recurrir los vejetes anquilosados, la represión brutal, como la que se está dando ahora en Nicaragua. La mezcla de ineptitud y violencia rompió el frágil equilibrio que en México mantenía, desde el alemanismo, la ilusión de la sociedad unida.

Esa desunida sociedad resurgió 17 años más tarde, igualmente por accidente. También en una mezcla de estupor, frustración y esperanza. Los dos sismos en septiembre de 1985 se presentaron para encontrar un gobierno inepto y ausente. A diferencia de otras circunstancias similares, en la Ciudad de México no hubo saqueos de las tiendas con vitrinas rotas, no hubo violencia callejera ni caos. Por el contrario, las señoras fueron a cocinar en la calle para los rescatistas de muertos y heridos, los hombres, a distribuir los botellines de agua, a orientar el tránsito cuando los semáforos no tenían luz. En esas dos noches, la sociedad civil mexicana había nacido, solidaria, entusiasta, honesta y leal. Pero, sobre todo, porque había entendido que no necesitaba cabestros.

Cierto, en su Informe de Gobierno y en la inauguración de los Juegos Olímpicos, Gustavo Díaz Ordaz supo asumir con valentía la responsabilidad por los nunca explicados ni enumerados muertos de Tlatelolco. Hoy, finalmente, todo el asunto solamente sirve para darle a jóvenes borregos un pretexto para salir a la calle —otra vez la testosterona— para decirnos que el 2 de octubre no se olvida; aunque ellos no lo puedan recordar porque hace cincuenta años no eran ni siquiera ilusión.

Cincuenta años después del bazucazo en San Ildefonso, que comenzó a desatar la crisis que ahora hizo chuza, todos piensan que el primero de julio el sistema de partidos políticos mexicanos ha colapsado. No es cierto: Todo el sistema político mexicano ha fracasado. Lo cual no es una tragedia griega. Lo que sí lo es, es que no hay un plan B para esta crisis.

Los fundadores de nuestro imperio azteca, extorsionador y centralista como todos, nos dejaron en la Piedra del Sol, estrella de nuestro bello Museo Nacional de Antropología que nos dejó López Mateos, el testimonio de que nuestra cultura está basada en los ciclos solares. El Quinto Sol anda rondando por ahí. Cada 52 años, nuestros antiguos mexicanos nos poníamos a buscar al nuevo Mesías, al nuevo Sol, a nuestra nueva salvación. Como en 1968, como en 1810, como en 1910, como hace tres semanas.

Yo lo dudo.

PILÓN.- Finalmente, Cuba tendrá una nueva Constitución como ahora tiene un nuevo Presidente. El nuevo texto elimina el término comunista. Ése era el objetivo de la sociedad diseñada por los Castro con la asesoría de Nikita Kruschev. Sin el oro de Moscú ya no se pudo hacer. No tiene la menor importancia, que diría el magnífico locutor de la W: Las realidades no tienen nada que ver con los pronunciamientos.

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