Amapola

De amor, en los hierros de tu reja…De amor, escuché la triste queja…Amapola, José María la Calle, Luis Roldán Resulta sumamente extraño que la decisión del congreso estatal de Guerrero de elevar una propuesta para legalizar el cultivo de la amapola para usos ...

De amor, en los hierros de tu reja…

De amor, escuché la triste queja…

Amapola, José María la Calle, Luis Roldán

Resulta sumamente extraño que la decisión del congreso estatal de Guerrero de elevar una propuesta para legalizar el cultivo de la amapola para usos médicos haya sido menospreciada en términos de difusión, como si se tratara de algo vergonzante. Por el contrario, se trata de una actitud de avanzada y de gran importancia en dos áreas que nos tienen con mucho pendiente: la seguridad y la economía del campo.

La futura secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, fue más allá, aunque con cierta cautela. Ella usó el término despenalizar en lugar de legalizar, pero a cambio se refirió a todas las drogas. La pudibunda legislatura mexicana ha caminado en torno a la despenalización con mucho miedo. Por eso puedo portar mis 28 gramos de mota y fumármelos cuando me dé la gana, pero sigue siendo un delito cultivar la cannabis, transportarla o comerciar con ella. Las drogas, dejémonos de pendejadas, han estado aquí antes que nosotros y nosotros empezamos a usarlas en búsqueda de una evasión del mundo circunstante, desde hace más de seis mil años. Por lo menos, en el caso de la papaver somniferum, de cuya goma se extrae el opio, la morfina, la heroína y opiáceos tan potentes y populares como el fentanyl, sin duda el más fuerte de los analgésicos generadores de un sueño. Que suele ser fatal.

Más de dos millones de norteamerigringos dependen de algún opiáceo para buscar su alegría o su evasión. En un año solamente, las muertes por sobredosis de fentanyl son más que los muertos en toda la guerra de Vietnam.

Porque el consumo de las drogas que alivian el dolor, mitigan la tristeza y despiertan la euforia, ha estado siempre entre nosotros, en diferentes disfraces que les ponemos para no reconocerlas. La mariguana, que en mi infancia era diversión y consuelo de los sardos —que así le decíamos a los soldados de la tropa vil—, entró en sociedad para quedarse en los años cincuenta. Los sesenta no se pueden entender sin las pildoritas de LSD; la cocaína llegó para quedarse en los ochenta y el crack, en los noventa.

Lo de hoy son los opiáceos. Su cultivo y procesamiento artesanal (hay que hacer manualmente incisiones en el bulbo de la planta, exactamente debajo de la bellísima flor y recoger cuidadosamente la goma que luego dará los productos finales) mantiene la economía de enormes valles de Afganistán, Turquía, Tasmania y la India. Las guerras del opio de China contra Gran Bretaña y Francia se originaron porque los narcos metían el muy gustado opio en China procedente de la India.

Pero asombra el hecho de que los principales productores de amapola son los checos, turcos, españoles, húngaros y franceses. Asombra porque es otro producto de la amapola: las negras y pequeñas semillas que están dentro del bulbo no contienen ningún rastro de opio y se usan en la repostería del centro de Europa ampliamente.

El tema es la goma. De ahí sale el opio, la morfina, la heroína, la tetaína, la oxycodona, papaverina, noscatina, oripavina y la codeína.

Todos estos términos son familiares a la farmacopea mundial. Y aquí es donde mi semáforo enciende en rojo. Los centros de salud de México, públicos y privados, no tienen suficiente cantidad de morfina y otros analgésicos opiáceos para satisfacer la necesidad de enfermos graves. Donde los hay son tremendamente caros, porque los opiáceos legales los maneja una firma norteamericana de gran tradición farmacéutica.

Por eso me regocija la iniciativa de los guerrerenses y el endoso de la señora Olga Sánchez Cordero, que no hará huesos viejos en la casa del algodonero español Feliciano Cobián Fernández del Valle, pero que dejará indudablemente una huella. Sí, es necesario despenalizar la producción, el tráfico, el comercio y el consumo de las drogas malditas, de la misma manera en que hace años legalizamos el consumo de las otras drogas, más perjudiciales, como el tabaco y el alcohol.

PILÓN.- Huberto Batis me vendió la primera tele de colores que Margitta y yo tuvimos en México, porque veníamos de una Europa miserable, aunque digna. El fue en México mi primer jefe real en términos editoriales. Y los dos tuvimos encima —al lado— al queridísimo Alfredo Kawage Ramia. Yo sé que pocos van a compartir este epitafio, pero lo sostengo. Huberto me enseñó, en esto de las letras puestas en algún orden, la tolerancia. Por eso le doy gracias.

Me dicen que Huberto ya se murió. No estoy seguro.

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