Toro, toro asesino
Gerardo Ruiz Esparza compareció ante comisiones de senadores y diputados para defenderse de la condena social a la que le han expuesto los mexicanos por el socavón del Paso Exprés de Cuernavaca
A pesar de que tengo muchos años de ser un aficionado de la fiesta de los toros, ingenuo y entusiasta, pero ignorante de sus secretos y florituras, me apego al elogio de sus virtudes y respeto las objeciones de los opositores. En todo este tiempo nunca había visto el trabajo de los recortadores, vamos, ni tenía idea de su existencia, y en estos días me preparo a ver, por primera vez en mi tierra, Monterrey, un espectáculo protagonizado por ellos. Alguien me hizo llegar hace un par de semanas una grabación en video de lo que los recortadores hacen en un ruedo, y no pude evitar volver a repasarlo ayer.
Es sumamente sencillo, se trata de torear al animal sin tener en la mano nada más que el sudor del miedo o de la emoción excitante. Lo de los portugueses forcados es otra cosa: estos se plantan en fila frente a la embestida del toro y la resistencia en panza del que ocupa el primer lugar es decisiva. Los de atrás solamente resienten las consecuencias. Los recortadores se ponen individualmente frente al animal y lo citan a la embestida, convirtiéndose cuando llega en una síntesis de trapo, mano y hombre. Recortar al toro es, simplemente, evitar su embestida hasta el último instante. Y salir vivo de ahí. En los grabados taurinos de Goya se observa la suerte antigua de la garrocha, de saltar al toro apoyándose en un palo largo. Los recortadores saltan al toro en piruetas magníficas, sin apoyo de garrocha alguna.
Don Gerardo Ruiz Esparza, todavía secretario de Comunicaciones y Transportes de este país, compareció ante comisiones de senadores y diputados ayer para defenderse de la condena social a la que le han expuesto por semanas los mexicanos por el socavón del Paso Exprés de Cuernavaca. Dio cátedra de recorte taurino. Hubiera sido más fácil atrapar una trucha enjabonada con las manos, que hacerle reconocer lo que desde el comienzo debió reconocer y hoy dice que reconoció: su total responsabilidad por la tragedia en la que dos hombres perdieron la vida cuando la fusión corrupción e ineficiencia, que a fin de cuentas vienen a ser lo mismo, provocó el hundimiento de una cinta asfáltica recién inaugurada con bombo y platillos.
No, don Gerardo no va a renunciar a su jugoso puesto. Nunca. Y no porque, como afirmó ayer ante legisladores, eso sería convertir un caso técnico en uno político. Y la ignorancia del señor Ruiz Esparza reside precisamente en que considera, como sus iguales, que la política es el arte de buscar el poder y el oficio de saber ejercerlo. Desde los griegos sabemos que política es el compromiso que un individuo adquiere con su polis, con su comunidad y con los principios y normas de conducta que le son comunes.
No se trata, dice el señor Ruiz Esparza, de buscar a los culpables de la tragedia. ¿De qué se trata entonces, cuando hablamos del fracaso de una obra pública mal hecha, pagada a sobreprecio y realizada al aventón? ¿De llegar a la conclusión de que el socavón fue causado porque los vecinos inundaron de basura el desagüe mal hecho, peor mantenido y nunca reparado?
Se necesita tener una habilidad extraordinaria para esquivar al toro en la suerte del recorte. Para vernos a los mexicanos la cara de imbéciles, se necesita solamente una tremenda caradura, un cinismo de aquellos y un protector generoso y terco.
