Lobo

Nada nuevo (con Donald Trump), salvo 
que en el discurso de 59 minutos 
—que mereció de la mitad del Congreso 
71 ovaciones de pie, ni en los tiempos 
de Echeverría— cambió de tono. 
El discurso no cambió en la esencia, 
pero sí en la forma, como si el equipo asesor hubiera cambiado la táctica, 
aunque no la estrategia, guardando 
la agresividad verbal para transformarla 
en una herramienta de hechos.

Porque eres un lobo.

Que siempre ha vestido piel de oveja.

                Lobo

Hay muchas peculiaridades para reconocerle a Donald Trump, el Presidente de Estados Unidos, como su habilidad de histrión o sus virtudes oratorias. No obstante, para mí, tengo que su mérito mayor y que le hace diferente de todos los demás políticos es que sí cumple lo que promete. Todo lo que les ofreció a los votantes el año pasado lo está cumpliendo en el corriente. Cosa que no es frecuente en el oficio político.

Anoche, en lo más parecido a un informe de los nuestros, Donald Trump no tenía logros de qué informar en el mensaje ante su Congreso, que en Estados Unidos se llama discurso sobre el estado de la Unión. Así sucede en el primer año del ejercicio de cada Presidente: su toma de posesión acaba de suceder; de esta suerte, el primer mensaje sobre el estado de la Unión se convierte, más bien, en un catálogo de planes y proyectos y una reafirmación de las promesas de campaña.

De acuerdo a lo anterior, Trump ratificó su discurso de campaña en lo esencial: el muro va, Estados Unidos por encima de todos, la expulsión de indocumentados delincuentes sigue en el momento en que estoy hablando, habrá relajamiento fiscal para las empresas, habrá gravamen para los que produzcan fuera y vendan dentro de su país y mayores recursos para las fuerzas armadas. Por lo demás, puras generalidades en el campo fiscal, por ejemplo.

Nada nuevo, salvo algunas adiciones, como la creación de una subprocuraduría especializada en la persecución de los delitos cometidos por inmigrantes indocumentados y una oficina defensora de las víctimas de estos “malos hombres”, según la parla presidencial. Una reforma migratoria que facilite la entrada al país en base a los méritos, cosa que no tiene nada de nuevo. La política migratoria de Estados Unidos, hasta ayer y durante los últimos 50 años, ha facilitado e incluso fomentado la regularización de los extranjeros que lleven capital para invertir ahí o que sean individuos distinguidos por su talento en el campo de las ciencias, las artes o el deporte. En segundo lugar, se veía con buenos ojos a los inmigrantes que iban a reunirse con sus familiares. Ahora solamente los que tengan altos méritos de capital o de talento serán recibidos con una frase diferente a la que ornamenta la estatua de la libertad: “dadme sus pobres…”

Nada nuevo, salvo que en el discurso de 59 minutos —que mereció de la mitad del Congreso 71 ovaciones de pie, ni en los tiempos de Echeverría— cambió de tono. El discurso no cambió en la esencia, pero sí en la forma, como si el equipo asesor hubiera cambiado la táctica, aunque no la estrategia, guardando la agresividad verbal para transformarla en una herramienta de hechos. Como si el lobo se hubiera puesto la piel de oveja para poder capturar mejor a sus piezas. Un cambio efectivo: si los índices de popularidad de Trump anteayer rondaban el porcentaje de los cuarenta, después del discurso de la noche de anoche habían subido a 71 por ciento. La cifra es de la cadena noticiosa de televisión CNN, que no es precisamente fan de Donald Trump.

Indudablemente, Trump salió ganando. Esa ganancia también indica una tendencia notable. Los estadunidenses mismos ya no quieren un Presidente belicoso; puede seguir siendo opuesto al libre comercio y a la inmigración que unifique familias y favorezca a los pobres, pero no tiene que hacerlo a gritos. En México mismo, los críticos del proyecto Trump tienen que reconocer que el discurso de la estridencia se ha suavizado; algunos ingenuos quieren creer que eso implica un cambio de rumbo.

No es así. Solamente se cambian las velas.

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