Patrón
Gracias a los portátiles adminículos electrónicos de comunicación y a la facilidad de difundir bizarros contenidos, tenemos tantas versiones como podamos imaginar de un mismo suceso. Yo no entro en esos laberintos de la confusión, salvo que alguien me sugiera echar un ojo en esas producciones nefastas.
Hay varias maneras de interpretar el fenómeno mediático de esta semana, dependiendo de la narrativa que escoja cada quien. Gracias a los portátiles adminículos electrónicos de comunicación y a la facilidad de difundir esos bizarros contenidos, tenemos tantas versiones como podamos imaginar de un mismo suceso. Yo no entro en esos laberintos de la confusión, salvo que alguien, por mi estimado, me sugiera echar un ojo en esas producciones nefastas. Así he podido visualizar, por un minuto o dos, historias tan apetecibles como “Andrés Manuel le mienta la madre a Peña Nieto” o “lo que Brozo dijo y nadie lo va a saber”.
Pero hablaba yo del evento mediático de esta semana que es, sin duda, la golpiza que le dieron la otra mañana a doña Ana Guevara cuando regresaba al Distrito Federal —o como se llame ahora— de un fin de semana en Valle de Bravo, que es la Cuernavaca de nuestro tiempo.
No voy a repetir el recuento de los hechos, primero, porque no me constan y, luego, porque han sido recitados hasta la saciedad. Sin embargo, ofrezco aquí algunas interpretaciones apriorísticas.
1.- La senadora petista se incorporaba al flujo principal de la carretera Toluca-México, un pelafustán que conducía una camioneta con placas del Estado de México reconoció la afiliación partidista de la motocilista, le echó el vehículo encima para derribarla y, no contento con ello, se bajó con sus acompañantes a darle de patadas a la señora que yacía en el piso, causándole graves heridas que requirieron el trabajo de un cirujano bucodentomaxilar para que le practicara una reconstrucción craneana, de la que ya se recupera.
2.- El susodicho conductor, quien alberga un profundo rencor contra los motociclistas porque en todas las calles de la capital se le meten por doquier y le rayan las puertas de su carro para alcanzar sitio avanzado, esa mañana decidió vengarse de las injurias recibidas y le dio un toquecito a la lujosa motocicleta que se le atravesó en el camino.
3.- La señora senadora, como aficionada de corazón a las Harley Davison, trató de cortar camino al llegar a la súper y se le atravesó al vehículo de su izquierda. Fue derribada, se levantó a reclamar los daños y el enfurecido chafirete la emprendió a golpes en contra de ella.
4.- El choque fue totalmente accidental. La señora se incorporó a increpar al chofer del auto —quien se había, apropiadamente, detenido— y, junto con su mujer acompañante, se liaron, primero, en un duelo de improperios y, luego, en un encuentro de puñetes y patadas en el que las dos mujeres sacaron el peor partido.
La más célebre de las películas de Akira Kurosawa se llama Rashomon y ha pasado al reino de los clásicos —independientemente de sus valores visuales en el cine en blanco y negro— precisamente por documentar con la misma narrativa una historia y las demás. Todo depende de la óptica que esté contando los sucesos. Eso nos pasa todos los días, ante cualquier circunstancia y su cuento. En este mundo traidor nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira.
Antes de que se desaten las jaurías, quiero dejar en claro un par de cosas: resolver cualquier diferendo entre humanos por el camino de los golpes y la violencia es equivocado. Agredir a una mujer a golpes y patadas después de un accidente de tráfico es igualmente reprobable que agredir a un hombre en las mismas circunstancias. Darle de patadas a una señora integrante del tantas veces H. Congreso de la Unión debe merecer el mismo repudio que darle de patadas a un pobre ciclista panadero que haya sido arrollado, como en la película de Cantinflas, sobre Paseo de la Reforma, exactamente enfrente de donde hoy está el Senado, contraesquina del otrora elegante hotel Reforma y su club Capri. No necesitamos los mexicanos de este tipo de incidentes para rechazar las agresiones a las mujeres que se hacen precisamente por el hecho de que sean mujeres. De la misma manera en que no necesitamos que maten a un puto para condenar los crímenes homofóbicos.
Dejad que las redes sociales se acerquen a quien quieran. Nosotros remitámonos a exigir que la ley se cumpla, no solamente en las mulas de mi Senado.
