Y retiemble en su centro la tierra

No hace mucho nos acostumbramos a los feminicidios en Ciudad Juárez como si fuese una conducta tolerable.

Se ha desatado una renovada campaña de actividad política por parte del alto clero mexicano. Corresponde a la tímida actitud del gobierno, que tiene la obligación de hacer valer el carácter de Estado laico. La iniciativa del presidente Peña de regularizar, de acuerdo con el criterio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, las uniones de personas del mismo sexo como matrimonios con todas las de la ley ha lanzado a las calles a curas y mochos. La campaña para defenestrar a Graco Ramírez del gobierno de Morelos tiene tufo de sotana, y en Aguascalientes la intervención del obispo José María de la Torre en las elecciones que ganó el candidato panista a gobernador ha sido tan abierta que podría conducir a la impugnación de esos comicios.

La intervención de los curas en la política mexicana no es nueva, tiene tradición, amparándose con frecuencia en organismos fantasma de, supuestos, padres de familia y defensores de la vida. La oposición rabiosa al derecho de las mujeres a optar por la interrupción del embarazo es, particularmente, activa, no se diga ya de la homofóbica actitud en contra del matrimonio igualitario.

El respeto al derecho de opinión está garantizado por la ley y debe observarse. El peligro que se está presentando aquí es que el fanatismo puede inducir a los llamados crímenes de odio que se dan mucho en las ciudades del llamado interior del país o la provincia mexicana. No hace mucho nos acostumbramos a los feminicidios en Ciudad Juárez como si fuese una conducta tolerable. La violencia de los asesinatos de los “jotitos” parecería ser una diversión nacional.

Desde luego que las actitudes retrógradas no son exclusivas de nuestro país; el Vaticano  las tolera y las apoya a pesar de los pronunciamientos de tolerancia emitidos por el papa Francisco, quien parece perder la batalla contra la reacción incrustada en el alto clero. Con la Iglesia hemos topado.

Pero nos topamos más bien con el acendrado vicio de que México tiene leyes estupendas. Lo que pasa es que no se aplican. El gobierno es el primero en apartar la vista y permitir que el Estado laico sea solamente letra muerta.

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