Me equivoqué contigo, me equivoqué a lo macho

Trasladamos la presunción de sabiduría sobre los momentos políticos a unas empresas que se dedican al estudio de los mercados.

Una buena parte de la comentocracia nacional se ha dedicado a subrayar el abrumador triunfo de Ricardo Anaya —¡y el de Agustín Basave también!— en las elecciones del domingo pasado, enviándolos por el método medieval de la catapulta a competir desde hoy por la candidatura a suceder a Peña Nieto. Sin embargo, sus principales baterías optan por remarcar el fracaso del PRI en esos comicios. No están del todo equivocados cuando afirman que el gran perdedor de junio 5 ha sido el partido tricolor y con él Manlio Fabio Beltrones, que está a cargo de ese changarro, y que el triunfo de los opositores es un fracaso del establishment defendido a capa y descrédito. A ninguno se le escapa, voluntariamente, la parte de culpa que les cae a los corruptos gobernadores de mala fama mantenidos desde Los Pinos y al bajo índice de aceptación que el presidente Peña Nieto tiene actualmente, según las encuestadoras.

A ellas quiero referirme. En los últimos 25 años trasladamos la presunción de sabiduría sobre los momentos políticos nacionales a unas empresas que se dedican al estudio de los mercados, y que consideran que la preferencia por las calidades de limpieza del detergente Ace es igual que la simpatía que puede despertar —afirman que puede— Javier Corral en Chihuahua. Para estos mercaderes de la información tiene el mismo peso específico en la mente de los individuos una toalla femenina Saba que el proyecto de nación que, supuestamente, plantea Andrés Manuel López Obrador.

Por medir igual peras que manzanas es que se han equivocado sistemáticamente. Se equivocaron con Vicente Fox, se equivocaron con Calderón y se equivocaron hace cinco días. Nunca predijeron, ni por asomo, lo que la realidad nos —les— restregó en la cara.

Uno se inclina a pensar que las empresas encuestadoras sufren los embates de la incompetencia o de la corrupción. Tal vez de ambas. Se supone, no sin razón, que estas empresas medidoras de preferencias de mercado de consumo pueden diseñar una recolección de opiniones que, si se sabe hacer, habrá de rendir los resultados que el cliente quiere: para las toallitas Saba o para Javier Corral. El otro aspecto es más serio: pocos encuestadores admiten que se equivocaron. Ninguno devuelve el cheque por los servicios prestados.

En términos pecuniarios, esto puede ser un daño colateral a las enormes cifras que las elecciones de la democracia nos cuestan como causantes. En términos de cultura política nos cuesta mucho más. Los medios de comunicación, esa comentocracia que no se limita a los opinadores profesionales, se deja llevar con innecesario entusiasmo por los émulos de la empresa Gallup, de Princeton, pionera en la investigación de la opinión pública que no acepta hacer trabajos que sean pagados por los partidos políticos. Nuestras empresas de mercadotecnia política son las poseedoras de la verdad absoluta. Son el oráculo de Delfos y ni siquiera necesitan a Pitias para que transmita al dios las confusas preguntas de los indagantes.

El repetido fallo en sus pronósticos políticos solamente puede apuntar en dos sentidos: la falta de escrúpulos para casarse con el cliente o la falta de recursos válidos para hacer investigaciones ciertas que no sean del mercado de jabones de belleza o de sartenes a los que no se les pega ni el intelecto.

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