…no haré travesuras
Salvo contadas y deshonrosas excepciones, todos tenemos una madre; por una extraña mezcla de instinto animal y vocación inducida, tenemos una especial veneración por el seno materno del cual salimos, y al que regresamos con singular entusiasmo en el curso de la vida más de una vez, en cualquiera de sus innúmeras versiones.
Just one look and I can hear a bell ring.
ABBA: Mamma mia!
José Vasconcelos y Rafael Alducin, fundador del diario Excélsior, tienen el mérito público en México de haber instituido aquí, hace cosa de un siglo, la festividad del Día de las Madres. No era un interés mercantil, como pronto devino, sino un impulso más bien sentimental, de sustento social, con aliento religioso. Se trataba de celebrar al más importante ser de la creación por antonomasia: la madre.
Salvo contadas y deshonrosas excepciones, todos tenemos una madre; por una extraña mezcla de instinto animal y vocación inducida, tenemos una especial veneración por el seno materno del cual salimos, y al que regresamos con singular entusiasmo en el curso de la vida más de una vez, en cualquiera de sus innúmeras versiones. El coito es nacer de nuevo; pero al revés.
Pero ni Vasconcelos ni Alducin, ni Woodrow Wilson ni los griegos que honraban a Rea, la mamá del tal Zeus, inventaron el culto a la madre. Lo hizo la naturaleza misma.
El matriarcado es la primera forma de organización social que las tribus nómadas conocen antes del inicio de la civilización. Cuando los machos se dedicaban a volar de rama en rama de árboles con frutos para recolectarlos y comer, sólo dejaban a las hembras y los pequeños lo que sobraba de su colecta. Las hembras tuvieron que recoger los restos de los frutos roídos y repartirlos entre los críos.
Debe inferirse que en algún momento de esta prehistoria se dieron dos fenómenos coincidentes: los frutos comenzaron a escasear, y las mujeres comenzaron a ver que de los restos del fruto salían pequeñas plantas. Pequeñas plantas que, al comienzo, se consumían tal cuales, pero que, al cabo de miles de años, pudieron dar flores y, más tarde, fruto. El periodo agrícola —por definición, sedentario— había surgido en nuestra historia. En ese momento es que, en automático, surge la humanidad; a partir de ahí, dice Engels, surge la propiedad privada, la familia y la sociedad. Madre sólo hay una, diría nuestro cine. Eso también reverbera en Madre Coraje de Brecht, en La madre de Gorki y el libro que leímos en primaria de Edmondo De Amicis.
Querámoslo o no, mamá está siempre aquí. Es nuestro origen y nuestro destino. Pero la raíz epistemológica de ese raciocinio se encuentra en el papel económico de la mujer en la tribu. Ella es el eje de la supervivencia, lo que no es el macho semiproveedor. De la misma manera en que nuestra sociedad está reproduciendo el patrón.
Dejemos de lado el hecho fisiológico de la cercanía original de cuerpos entre madre e hijo; la convivencia es, a la vez, motor del amor y generadora del odio familiar. Pero la naturaleza cruel tiene varios ejemplos de figliofagia en un sentido o el otro. Saturno es famoso por eso: la envidia le llevaba a comerse a sus hijos.
La sociedad que conocemos es una en que originalmente el padre era el proveedor y la madre la administradora de bienes, caricias y penas. En este siglo nuestro, las cosas no son así; hay millones de hogares en México en los que no hay papá.
En consecuencia, mamá lo es todo. Paradójicamente, no es nada, porque no está en casa mientras procura el pan y, en ese momento, los hijos abandonan el nido sin irse de él.
México enfrenta la más grave crisis de la maternidad original, crisis en la que el papel original de la matrona desaparece en un mar de violencia macha, de injusticia tolerada, de pobreza patrocinada, de miseria de valores.
Mamá, soy Paquito.
