De canasta y con rebozo de bolita

Todos sabemos que los índices que se publican de morbilidad por la polución atmosférica son falsos. Cada vez que un funcionario dice que tantos miles de enfermos fueron causados por la contaminación ambiental, miente.

Escribí aquí y no me rajo, sino todo lo contrario, que el transporte público de la Ciudad de México debe ser considerado un artículo de primera necesidad, digno de estar dentro de la canasta básica. Esa señorita mil veces mencionada, tantas otras manoseada, que muchos la mencionan, pero nadie la conoce. Es como la tortilla de arriba del tambache: todas la tocan, pero nadie quiere quedarse con ella.

La canasta básica es una entelequia demagógica que enumera cien productos y  servicios básicos imprescindibles para que un mexicano pueda sobrevivir por encima de los mínimos requeridos en términos de nutrición y progreso. La lista de la canasta básica del mexicano comienza en el aceite, sigue con el Gerber y acaba en la tortilla, pasando por la carne de res, cerdo, pescado y pollo. Se menciona por ahí la conducción de energía eléctrica de manera más bien oblicua, pero nunca se menciona entre las necesidades fundamentales del mexicano la de transportarse a donde

debe ir, a estudiar, trabajar, echar la hueva, divertirse o fornicar.

Por lo anteriormente expuesto, considero que el transporte de personas en la mancha urbana que, sintiéndose Batman,  llaman Megalópolis es un asunto que afecta a todos los mexicanos, pega a su economía y, por lo tanto, debe estar sujeto a regulaciones de la autoridad, como es el precio de la tortilla. Se dice que el transporte en camiones y taxis está sujeto a reglas. Se dice.

Otro tipo de servicios, como el Uber, son cosa de negociar. ¿Me das tu hora?

Lo que sucede que a las administraciones de nuestra cosa pública permanentemente les ha importado un pito cuáles son las necesidades del mexicano para subsistir, ya no digamos para ser un factor activo de los procesos de producción de nuestro país. Por eso, la óptica de los políticos se reduce a la inmediatez de la despensa. Un voto cuesta dos litros de aceite, un kilo de arroz y dos litros de leche, con camiseta y cachucha incluida. Si cualquiera de los candidatos a lo que sea se tomara la molestia de considerar la parte del ingreso del mexicano que se dedica a pagar por ser transportado, iba a entender que está viviendo en la falsa realidad de los choferes y guaruras y el “I have no cash”, esto es “no traigo efectivo” del cínico expresidente Zedillo. La economía de todas nuestras casas es afectada por el costo del transporte: desde el minibús hasta Aeroméxico.

Todos sabemos que los índices que se publican de morbilidad por la polución atmosférica son falsos. Cada vez que un funcionario dice que tantos miles de enfermos fueron causados por la contaminación ambiental, miente. Miente, porque no hay prueba científica que ligue el daño a la salud al mero hecho de respirar. Me consta que mi amigo Alfredo Nolasco se murió por andar chupando cigarrillo tras cigarrillo, de enfisema pulmonar. Su fumar no me causó nunca daño alguno; ni a mis hijos, a mis amigos, a los otros ni a las otras. Estoy dispuesto a creer que si me acuesto con una doña que fume cual chacuaco puede macular mi pleura. Pero nadie puede medir el daño que le ha hecho a mis pulmones el mero hecho de vivir aquí. Eso es una patraña.

Eso es una patraña en busca de culpables.

Los dueños de automóviles, que desde el ejercicio de

Camacho Solís hasta el día de hoy  fueron desde el gobierno empujados a seguir el modelo californiano de sociedad, con sus amplias super highways y sus gasolinas baratas, ahora son los villanos favoritos. Por lo tanto, tienen que comprar un carro más para el Hoy No Circula, otro para el Doble Hoy No Circula, un tercero para el no circula de weekend y uno más para la contingencia atmosférica.

O séase, la solución perfecta al problema de la polución.

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