Miedo
En importancia, el sistema educativo de Los Ángeles, California, es el segundo más importante de Estados Unidos, con sus 900 escuelas. Un mensaje electrónico originado en Alemania paralizó ese sistema al hacerle una amenaza terrorista que no ha sido especificada. El ...
En importancia, el sistema educativo de Los Ángeles, California, es el segundo más importante de Estados Unidos, con sus 900 escuelas. Un mensaje electrónico originado en Alemania paralizó ese sistema al hacerle una amenaza terrorista que no ha sido especificada. El mismo originador envió un mensaje similar a las escuelas de Nueva York, cuya autoridad desestimó la falsa amenaza.
El asunto no es, lamentablemente, si las amenazas son o no cumplidas. Lo grave es que el terrorismo ha logrado su objetivo principal que es infundir miedo a la sociedad. Su ventaja es que nunca sabemos cuándo, cómo o en dónde van a atacar; sería sumamente irresponsable desechar irreflexivamente las amenazas, con el oculto deseo de que sean, como en este caso, ficticias. Una sola muerte es demasiada si ocurre a manos de los terroristas.
El país más poderoso del mundo está indefenso ante este nuevo jinete del Apocalípsis que se llama miedo. Ante individuos y grupos fanatizados a los que poco importa perder su propia vida en aras de un supuesto ideal de lucha religiosa, no existe ni aparato de inteligencia ni operativos de represión que sirvan. Lo vimos trágicamente el 11 de septiembre en Nueva York, de la misma manera que lo vivieron los parisinos hace un par de meses. Lo han visto los habitantes de Londres, Buenos Aires o Madrid.
No hay disyuntiva; tampoco podemos todos los seres humanos vivir con el Jesús en la boca, sospechando de todo individuo que se nos acerque o entre al mismo vagón del transporte colectivo y esperando la muerte chiquita. Tampoco nos podemos encerrar en el capullo de nuestros temores, renunciando a llevar una vida normal en nuestras calles. En México o Tel Aviv, en Washington o Dubái.
Hay quienes, convencidos de lo inevitable de la muerte y de su imprevisible presencia cotidiana, tomamos el fatalismo como mejor escudo: lo que va a pasar, va a pasar, y lo que no, no. Pasará exactamente en el momento y el sitio en que iba a suceder y en la forma en que ya estaba establecido por una entidad superior, llámese destino, Dios o simplemente fatalidad, así se tomen todas las precauciones y defensas posibles.
Aflojando el cuerpo y liberando el alma. A esto hemos llegado. Bienvenidos al imperio del miedo y el triunfo del terror.
PILÓN.- En mi infancia, durante un tiempo, yo boleaba zapatos a los clientes de la peluquería de Mena, a veinte centavos el par. El diputado del verde ecologista Rafael Guirao presume de un pasado similar en humildad. Poco aprendió de las lecciones de dignidad que los oficios modestos brindan y su gesto de regalar a los niños chiapanecos cajas para bolear zapatos es un estupendo ejemplo de cómo los políticos suelen dispararse en sus propios zapatos cuando se lanzan por el camino de la demagogia. Las cajas para bolear —obviamente ornamentadas con el logotipo de esa agencia de colocaciones y corrupción que es el Partido Verde— son una burla a los modestos boleros chiapanecos, y una promoción encubierta a la injusticia social que propicia el trabajo infantil. Trabajo infantil que, como buen legislador lo sabe el señor Guirao, está penado por la ley.
