La arena estaba de bote en bote
Como todos los espectáculos de danza y movimiento, la lucha libre es exigente. Se tiene que entrenar largas horas diariamente.
Fue Carlos Monsiváis quien dio la más certera definición del espectáculo de la lucha libre. Es, dijo, el auténtico teatro popular mexicano. La riqueza creativa de sus vestidos y máscaras, su elegante coreografía acrobática, los nombres de sus personajes y, sobre todo, su efectiva vocación catártica explican, todos juntos y cada uno de por sí, la popularidad de que goza el espectáculo a todos los niveles socioeconómicos. Ello a pesar de que los snobs suelan despreciarlo por su evidente brutalidad primitiva.
Cinco mil personas estaban la otra noche en Tijuana en la función de lucha libre cuando, estupefactos, protagonistas y espectadores, no supieron de inmediato si el desvanecimiento de Pedro Aguayo era parte de un libreto detalladamente ensayado o una realidad que a los pocos minutos se mostró fatal. El Hijo del Perro Aguayo, de 35 años, fue declarado muerto en un hospital cercano a la arena, que estaba de bote en bote. Había sufrido, en un momento que todos tratan de recuperar en los videos disponibles, una fractura de tres vértebras cervicales que provocaron un casi inmediato paro respiratorio.
Como todos los espectáculos de danza y movimiento, la lucha libre es exigente. Se tiene que entrenar largas horas diariamente para lograr la perfección de la brutalidad fingida. Maromas, saltos, llaves y golpes son practicados una y otra vez por los miembros de una cofradía que, como todas, fomenta lazos de amistad permanente. No puede ser de otra manera. Los protagonistas de las funciones de lucha libre son siempre los mismos, que viajan con frecuencia en la misma camioneta, carro de Téspis que lleva su acto de pueblo en pueblo, con su reparto de rudos y técnicos, con su historia predecible de retos y provocaciones, máscaras y cabelleras, derrotas y venganzas.
Como todo espectáculo que pone en riesgo el cuerpo —instrumento primordial— de los ejecutantes requiere de reglas y procedimientos que procuren reducir las posibilidades de tragedia. El boxeo, dígase lo que se diga de José Sulaimán, el Fidel Velázquez de las peleas profesionales, avanzó durante su tiempo cambiando el volumen de los guantes, la duración de las peleas y de los capítulos que llamamos rounds.
Con la lucha libre, esa regulación, a la que de alguna manera contribuyó Luis Spota, fue dejada, después de la muerte del escritor, a los empresarios como los legendarios Lutteroth o a los mismos contendientes. Pero en ambas actividades la precaución no evita los accidentes como el que sufrió el joven Aguayo. La descalabrada de Gori Guerrero que le propinó el Cavernario Galindo en una pelea de los inicios de la televisión mexicana, tuvo proporciones de tragedia nacional, como el caso de Aguayo. Ahora sabemos que las cuerdas, sobre las que colgó el cuerpo del luchador, eran de acero, apenas recubiertas por un forro de tela. ¿Había a la mano personal médico como lo hay en las corridas de toros y en las peleas de box? El piso enlonado no tenía tal vez el suficiente colchón protector que impidiera las fracturas. Hay tantas preguntas por hacer, pero sobre todo por responder.
De cualquier manera, quien opta por esta carrera sabe que es un trabajo de alto riesgo, ante el cual no hay garantía de evitar los accidentes. Como sucedió con el Cavernario Galindo hace más de 60 años, las buenas conciencias iniciarán una cruzada en contra del espectáculo popular por excelencia de los mexicanos.
PILÓN 1.- Dijo alguien, precisamente en Tijuana, a propósito de la atención proporcionada al luchador: lo atendieron mejor que a Luis Donaldo Colosio.
PILÓN 2.-“Debemos prepararnos para escenarios desfavorables”, Videgaray. Y pensar que un país entero se anda ahogando en un vaso medio lleno de petróleo.
