Family business
Lo menos que se dice de John Ellis Bush es que trata de comprar la presidencia de EU en una campaña de extraordinarias aportaciones...
El año próximo —Dios, deja de llevar el tiempo con tanta prisa— la Casa Blanca tendrá inquilino nuevo y desde ahora los dos obvios candidatos a ocuparla han comenzado sus campañas de sucio desprestigio como si fueran políticos de este lado de la frontera. Lo menos que se dice de John Ellis Bush, cuya madre Barbara renombró Jeb por las iniciales de su nombre, es que trata de comprar la presidencia de Estados Unidos en una campaña de extraordinarias aportaciones del gran capital, cosa que no es extraña en el sistema político de esa nación. No es extraño que en un solo día Bush recoja donativos por más de un millón de dólares. El 18 de febrero fueron cuatro millones en Chicago; al menos media docena de fiestecitas han costado a los asistentes cien mil dólares por cráneo.
La más reciente ofensiva en contra de la obvia candidata demócrata Hillary Clinton es que, con el largo colmillo, y sobre todo información de procedimientos, que le da haber sido senadora, secretaria de Estado y primera dama, haya usado una cuenta de correo electrónico personal para circunnavegar los controles de su privacidad, destruido miles de mensajes y negado a entregar los que sobreviviesen, reconociendo sólo que hubiera sido mejor usar una cuenta pública. Violar la doble moral de los norteamericanos es algo que los electores perdonan con dificultad a los políticos; de eso sabe el esposo de Hillary un rato, que fue casi crucificado no por refocilarse sexualmente con una muchachita de apellido Lewinsky en el Salón Oval de la Casa Blanca siendo Presidente, sino por haberlo negado ante las cámaras de televisión, que en todo el mundo son más respetables que las del Congreso.
Pero los dos son culpables de un pecado de lesa política. Están restaurando el precedente que fundaron los Kennedy: el poder político como patrimonio familiar.
Patrick Joseph Kennedy, un descendiente de irlandeses (hoy es día de San Patricio de las borracheras) que hizo dinero vendiendo licor en Massachusetts, dedicó su mayor esfuerzo de vida a preparar a tres de sus nueve hijos para ser presidentes de Estados Unidos. Joseph murió en la Guerra, John llegó a juramentar frente al Capitolio y fue asesinado. Robert murió igualmente en un atentado cuando preparaba su propio camino a la Presidencia. El nieto John tuvo también muerte repentina cuando seguía los pasos de su padre. Toda una tradición de obsesión por el poder.
La familia Bush se brincó las tragedias. George H. Bush y su hijo George W. Bush terminaron su periodo con pena y gloria por igual, debidas ambas principalmente a su belicosa natura. Ahora Jeb Bush, por cierto esposo desde hace 41 años de Columba Garnica, una guapa mujer de León, Guanajuato, pretende usar el mismo domicilio que su padre y hermano mayor.
Hillary Clinton nada más —nada más— fue primera dama de Estados Unidos. Aparentemente, el poder político es hereditario.
Los gringos deberían ver más frecuentemente hacia el sur, donde la vocación hereditaria tiene raíces. Decimos querer justificadamente que nuestros hijos alcancen al menos lo mismo que nosotros, así sea una plaza en Pemex o una de maestro como la hija de la Tuta. Algo para la madrecita, como la diputación para la progenitora del presunto proxeneta del PRI capitalino; la alcaldía de Iguala que se le cebó a la esposa de José Luis Abarca, la tradición de la familia Yunes... hay tantos casos ejemplares. La política, el poder, es un asunto de familia, no se hable más. No hay de qué sorprenderse por el caso de Estados Unidos.
PILÓN.- Soflameros que son los brasileños. Andan por las calles de Brasilia pidiendo juicio político para la presidente Dilma Rousseff. Todo por un desvío criminal de millonarios fondos de la empresa Petrobras. Vengan a México para que aprendan.
