There is no business like show business
Creo que yo no hubiera sido capaz de un posicionamiento político más inteligente que el de El Negro...
Hace 50 años, en mi primera reencarnación —esto quiere decir, la vida con mi primera esposa—, quise hacer cine. Vera, una bellísima y talentosa checa, estudiante de escenografía en la misma facultad de teatro mía, diseñó en la Galería Nacional, junto conmigo, un docudrama —entonces no se usaba el término— con las excepcionales pinturas que existen de los personajes de Shakespeare en un desfile inusual que pintó Karel Purkyne en una tira de óleos alargados, y los textos del bardo que yo escogería. El desfile de los personajes iría acompañado de las palabras de sus tragedias, comedias, historias. Era el matrimonio perfecto. Por eso acabó como acabó. Muchísimos años después, Vera regresó a Praga de su exilio canadiense y yo no hice nunca cine.
Afortunadamente acabó así, porque, según los sueños de la rubia, y míos, hubiéramos podido hacer cine de maravilla y acabar teniendo en mis manos una estatuilla barata y muy preciada que —dicen— tiene un valor nominal de un dólar, agradeciendo a mi mamá, a nuestros hijos, a mis hermanos, a mis colegas y a todos los demás por el premio otorgado por la Academia Norteamericana de las Ciencias y las Artes Cinematográficas. O séase, que me hubiera disfrazado de Alejandro González Iñárritu, cuyo segundo apellido El Chivo Lubezki no pudo pronunciar correctamente.
Y hubiera quedado, como Alejandro —que se quitó el González-Iñárritu—, en la obligación de emitir un mensaje político potente, acabando como el cohetero, sin satisfacer a nadie. Creo que yo no hubiera sido capaz de un posicionamiento político más inteligente que el de El Negro. Él se limitó a decir lo que cualquier ama de casa de este país podría decir en términos más claros y tal vez menos corteses: estamos hasta la madre de un gobierno que no nos merecemos. Aunque hayamos votado por él.
Pero Alejandro G. Iñárritu, uno de los más geniales publicistas de Televisa antes de irse al cine, se lanzó a la tierra prometida: que los mexicanos que ya están allá obtengan el mismo trato digno que los otros migrantes que llegaron antes y que forjaron con su trabajo aquel gran país. ¡Sopas!
Eso se llama quedar como el cohetero. Si truena, qué ruidazo, si se ceba, qué fracaso. La derecha norteamericana no entendió que los premios de la Academia son un mero instrumento de mercadotecnia para elevar los ingresos en las taquillas de los cines, y que el American Sniper, película emblemática del american salvador del mundo por todos los destinos, ya no necesitaba el empujón de las ventas dadas las cifras registradas desde diciembre 25, cuando se estrenó en Estados Unidos, y se sintió ofendida por el tono de defensa a la política migratoria de Obama que se filtró de las frases de Iñárritu.
El Estado mexicano se sintió ofendido: ¿a quién se le ocurre pedir un gobierno que los mexicanos merezcamos?
Pero qué necesidad. Bastaba con el gracias a mamá y agarrar ipso facto la jarra en todas las fiestas de Hollywood. Eso de poner en aprietos al Presidente con todos sus buenos deseos previos y que tuvo que refrenar a los felicitantes del Twitter después del pronunciamiento políticamente incorrecto, que con su felicitación estaría validando, no es de cuates.
Qué bueno que la güera y yo no hicimos cine y cada quien caminamos por nuestro sino. A estas alturas, Vera no podría lucir los vestidos que se imponen en la alfombra roja. Y yo le hubiera dicho a González Iñárritu que no se haga pendejo. Que a los mexicanos de allá los seguirán tratando como seres humanos de tercera y que los mexicanos de aquí tenemos el gobierno que nos merecemos.
Pues eso.
