Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor

La abstención electoral ha demostrado su ineficacia para motivar un cambio, si eso es lo que realmente los mexicanos queremos.

La percepción generalizada en México es que en las elecciones presidenciales del año 2000 ganó Vicente Fox. Nada más lejano a la verdad. Una porción sustancial, difícil de precisar, de los casi 16 millones de votos recibidos por el pintoresco personaje de la picaresca mexicana no fue emitida en su favor. La decisión mayoritaria de optar por una alternancia fue una manifestación de repudio al sistema mexicano que ha puesto al mando del país a una burocracia de especial cuño, la partidocracia.

En primer sitio, el resultado electoral fue un repudio al Partido Revolucionario Institucional, no tanto por sus defectos y carencias en el ejercicio del poder, sino por los procedimientos y mañas para hacerse de él, entintados en la más rancia tradición de la corrupción nacional. Pero en el trasfondo el rechazo salpicaba también al PRD cuyo candidato a la presidencia, el ingeniero Cárdenas Solórzano, personifica perfectamente la definición ideológica, práctica y ética de ese partido hasta la fecha: era y es un PRI reloaded.

De alguna manera el fenómeno recibió una segunda oportunidad en las elecciones de seis años más tarde. Si bien el candidato del PAN dejaba mucho que desear en su perfil de liderazgo o posiciones de avanzada, el candidato del PRI a la presidencia resultó más impresentable que Francisco Labastida Ochoa. Por otro lado, el temor que despertaban en la agonizante clase media mexicana los desplantes histriónicos de Andrés Manuel López Obrador no impidieron que la alianza PRD-PT le haya pisado los talones a Felipe Calderón Hinojosa.

Pero en la esencia de esas actitudes electorales mutantes está la realidad de que el sistema electoral mexicano está agotado; más bien dicho, que los electores de este país estamos cansados de él. Los procesos de selección de candidatos en los tres principales partidos políticos fortalecen esa convicción. Ninguno de los organismos políticos pagados por el erario aprueban el análisis de legitimidad en sus procesos de selección. Por ningún lado se ve la participación de lo que los partidos políticos llaman la masa, esto es, sus miembros registrados y políticamente activos, en mecanismos democráticos en los que los elementos más capaces y mejores del instituto político sean los beneficiarios de las candidaturas de sus dirigentes. Por el contrario, en todos los partidos se privilegian las alianzas, componendas, complicidades, pago de favores recibidos y adquisición de futuras alcabalas.

Todas las modificaciones a los procedimientos y procesos internos de los partidos, y a la participación ciudadana en las elecciones, están hechos precisamente para conservar esa escala de privilegios exclusivos de los partidos registrados. Sólo así se explica la profusión de candidatos ciudadanos a todos los niveles de las elecciones del próximo junio y la popularidad que empiezan a disfrutar: una popularidad acrítica pero espontánea, irracional pero acertada. Exactamente igual a la que provocó el triunfo de Vicente Fox hace 15 años.

De esa manera, peligrosamente, los criterios de la razón son sustituidos por los de la emoción. La primera gran reacción que ya circula en las redes sociales es la convocatoria a la abstención. Independientemente de que no es una innovación valiosa, lo importante es que la abstención electoral ha demostrado su ineficacia para motivar un cambio, si eso es lo que realmente los mexicanos queremos. Si nos da lo mismo, si estamos convencidos que es lo mismo un ignorante, que un sabio, chorro, generoso o estafador. Si da lo mismo un burro que un gran profesor, y vivimos revolcaos en un merengue, en el mismo lodo todos embarraos, nos merecemos el país que tenemos.

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