Que pague con diamantes tu pecado

¿A quién sorprende que el hermano del exgobernador de Guerrero y sus compinches se hayan birlado trescientos millones de pesos del erario guerrerense?

En la más pura tradición de la historia mexicana reciente, se da por establecido que la mayor parte de los políticos aprovechan sus posiciones de poder para engrandecer su patrimonio y el de su familia. Nadie se escandaliza cuando un bien de valor alto aparece de pronto en posesión de quien ha ejercido cargos de responsabilidad social. Lo contrario sería motivo de sorpresa; de ahí la conseja aquella de que político pobre es un pobre político.

Igualmente, cuando trasciende una noticia sobre este tipo de trastupijes y componendas, no se busca la certeza de la información, la documentación de un aserto o la posibilidad de un yerro; en todo caso comienza la sospecha de quién está detrás de la denuncia. El que jaló la cobija para dejar al descubierto las desviaciones éticas del personaje es el sospechoso a buscar.

Pocos se sorprendieron por las revelaciones del New York Times de que un exgobernador de uno de los más pobres e injustos estados de México sea propietario de un departamento sobre el Columbus Circus, frente a la esquina suroeste del Parque Central de Nueva York. Lo que todos quisieron adivinar es de quién había sido la mano amiga que había sugerido a la reportera del diario neoyorquino tan interesante tema, y eventualmente proporcionado alguna pista para detectar otras propiedades de don José Murat. Igualmente sospechoso pudo haber resultado el descubrimiento de que el señor Murat andaba vendiendo un avión que le estorbaba.

Ni dudo ni afirmo que las propiedades en las laderas para esquiar de Utah, ni el avión de marras ni el pisito viendo al bello parque sean del político oaxaqueño. El mismo Murat reconoció que compró hace diez años dos propiedades en el mormón estado por un monto de trescientos mil dólares. Buen precio, sin duda. Pero quien tiene que demostrar su honorabilidad y su decencia es el señor Murat, no yo. Los que tienen que averiguar quién está detrás del complot son los que ahora el exgobernador señala lastimado.

¿A quién sorprende que el hermano del exgobernador del estado de Guerrero y sus compinches se hayan birlado trescientos millones de pesos del erario guerrerense? Carlos Mateo Aguirre Rivero no hizo nada más que muchos otros hermanos de tantos gobernadores mexicanos mientras su familiar ejercía el poder: aprovechar la oportunidad de hacer negocios de la mano de sus amigos y asociados, y bajo la protección del gobernante. Lo que Ángel Aguirre Rivero quiere hoy saber no es quién se la hizo, sino quién se la paga. Podría yo apostar doble contra sencillo que esta trama telenovelera no termina aquí, como la historia de José Murat tampoco se quedará en eso.

Los asuntos referidos toman una dimensión mayor ahora que el presidente Peña Nieto ha decidido relanzar una campaña de renovación moral, con el nuevo secretario de la Función Pública que debe supuestamente investigar conductas amorales o inmorales, según se vea el vaso, de gente muy cercana al Presidente. Ahora, si en lugar de las declaraciones y los nombramientos el Ejecutivo acudiera a la implementación de la tan deseada reforma ética, otro gallo nos cantara. México es el país de las proclamas, los reglamentos, las leyes y los pronunciamientos. Si solamente nos remitiéramos a cumplir las disposiciones legales que ya nos rigen…

Marcelo Ebrard ya encontró en la denuncia del complot político en su contra la protección que va a necesitar ante el escándalo millonario de la Línea Dorada del Metro capitalino. Pero a él no le interesa aclarar las desviaciones de recursos. Solamente quiere saber quién está detrás de la mano justiciera que exige su cabeza.

Puede que Ebrard lo sepa, como lo pueden saber Murat o Aguirre Rivero. No lo dirán.

Estas cosas del honor y del pecado se resuelven en familia.

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