Acuérdate, acuérdate, acuérdate
El viernes pasado, en su noticiario de televisión, Vianey Esquinca expuso la idea de que, cuando se reconstruya el muy necesario Hospital Materno Infantil de Cuajimalpa, de lo que ya se encarga con entusiasmo electoral Miguel Ángel Mancera, al nuevo instituto se le ...
El viernes pasado, en su noticiario de televisión, Vianey Esquinca expuso la idea de que, cuando se reconstruya el muy necesario Hospital Materno Infantil de Cuajimalpa, de lo que ya se encarga con entusiasmo electoral Miguel Ángel Mancera, al nuevo instituto se le debiera poner el nombre de Mónica Orta, quien perdió la vida en su afán irrefrenable de regresar y salvar la vida de los recién nacidos que estaban bajo su cuidado.
A mí la idea me pareció justa, generosa y digna de apoyo. Sin ser yo aficionado a las llamadas redes sociales envié en ese sentido un texto en Twitter con la esperanza de que los aficionados a este medio multiplicaran el mensaje y generasen así una solidaridad masiva al proyecto. Entre otras respuestas, y a la luz del fallecimiento posterior de Jorge Luis Tinoco, el enfermero que sufrió la misma mala suerte de Mónica en las mismas circunstancias, y que debiéramos recordar como el gordito amable que cada seis de enero se disfrazaba de rey mago para llevar alegría a niños enfermos; alguien me decía que no deberíamos dejarlo fuera del homenaje.
Tampoco a Guadalupe Sánchez, me dijeron; ni a los vecinos anónimos de Contadero que desde el momento de la explosión dedicaron sus esfuerzos a rescatar heridos y aliviar dolencias, a proporcionar cobijo, bebida y alimento a los dañados, hasta que la pinche burocracia llegó y cerró todos los accesos y desplazamientos, impidiendo a mucha gente buena que aportara su bondad y su apoyo en la más pura tradición de aquel septiembre de 1985. Claro, se había filtrado que el presidente Peña Nieto iba a visitar el sitio del desastre —cosa que no sucedió— y eso implica que la gente tiene que quedar fuera.
Sin ironía, un periodista me dijo que lo mejor sería proponer que el hospital se llamara mártires de Cuajimalpa y así todos quedaríamos contentos.
Me queda perfectamente claro que a las almas de Mónica Orta, Jorge Tinoco y tantos otros héroes que, sin perder la vida, conservan el recuerdo de haber cumplido con su deber solidario, el reconocimiento de los demás les importa un bledo. Su satisfacción se consumó en el momento de sus actos totalmente irreflexivos y repletos de valor humano.
Lo que anima mi intención es la necesidad de rescatar por lo menos un retazo de la memoria colectiva. Tan escasos estamos de ella, que nos inventamos una memoria ficticia, armada de un rosario de anécdotas, preferentemente ricas en teatralidad. Va mi espada en prenda, voy por ella, repetíamos en la primaria. Seis niños héroes —¿quién dijo que eran niños los cadetes y que eran seis?— se envolvieron en la Bandera para que el gringo no la mancillase en Chapultepec y se echaron al vacío; ¿acaso estoy en un lecho de rosas?, dicen que dijo el que dijo.
La vida tiene una dosis menor de dramatismo telenovelero, especialmente cuando nos va ella en el lance. Los momentos de heroísmo no se viven, creo, pensando en las palabras que va a recoger la historia para eternizar nuestro gesto. Los mexicanos, y todos los seres humanos, estoy seguro, en el momento del sacrificio por los demás lo menos en que están pensando es en cómo serán recordados.
Precisamente por ello, sigo pensando que debemos recordar los hechos heroicos que la gente buena realizó esa mañana de Cuajimalpa.
