Más si das a mi vivir la dicha con tu amor fingido

Tanto el Metro como el gobierno mexicano —y capitalino en consecuencia— están en condición de deterioro.

Ayer a las diez de la mañana en Imagen Radio y durante 25 minutos, el ingeniero Joel Ortega, director general del Sistema de Transporte Colectivo Metro, le contó las muelas a mi compañero Martín Espinosa. Bueno, así le llamaba mi abuela cuando nos decía mentiras que parecían verdades. El ingeniero Ortega y el gobierno entero del Distrito Federal están desde antier en una campaña publicitaria para convencernos de que los usuarios del Metro en la Ciudad de México debemos aplaudir como focas de circo la potencial decisión de subir el precio del viaje en Metro de tres a cinco pesos a partir de enero.

Los días 28, 29 de noviembre y 1 de diciembre, tres empresas encue  tadora   pedirán en estaciones seleccionadas del transporte la opinión de los usuarios sobre el pretendido aumento. El resultado de ese levantamiento, dice el director, será vinculante y mandatorio. Esto quiere decir que si la mayoría de los consultados dice que no, no subirá el boleto. Ajá.

Tanto el Metro como el gobierno mexicano —y capitalino en consecuencia— están en condición de deterioro. Los vagones franceses de origen y mexicanos de armado en Ciudad Sahagún, siguen necesitando de refacciones mecánicas, que continúan siendo de importación, máxime si son los vagones adquiridos extrañamente a España, sin detalladas explicaciones. Las estaciones requieren mejoría con urgencia. Los horarios se prolongan y las paradas imprevistas a medio tramo se multiplican. El dinero que se obtenga con el aumento se aplicará, según Ortega, íntegramente a la mejoría del servicio, la compra inmediata de refacciones, la mejoría de las estaciones y la compra de decenas de nuevos trenes que terminarán de ser entregados a finales de la administración de Mancera.

No hay dinero, esa es la verdad. Pero no me atrevo —y también me da flojera— a preguntar cuánto cuesta y quién cobra uno solo de los miles de espacios comerciales fijos que abundan en los pasillos del Metro para vender fritangas, muñecos, refrescos, todo tipo de mercancías; cuánto un metro cuadrado móvil. ¿Cuánto cuesta y quién cobra la tarifa por los anuncios, carteles, espectaculares en andenes, pasillos y vagones? ¿En cuánto se puede rentar una valla publicitaria en el trayecto de los trenes, como en París o Barcelona? Yo de eso sí sé y sé que no es barato. ¿No sería más efectivo, conveniente, justo, plausible aumentar las tarifas y las rentas a esos usuarios que se benefician diariamente de ese espacio público que como tal nos pertenece, en lugar de subirnos la tarifa por viaje?

No hay dinero, esa es la verdad, el subsidio se mantendrá porque de otra manera el precio de venta del boleto del Metro tendría que multiplicarse por cuatro.

Ayer fui a pagar el servicio de agua de mi casa. La cajera me envió a otra ventanilla para que me dieran “un folio”, esto es un número adicional para que me recibieran mi pago porque me había retrasado de la fecha límite. En lugar de pagar 152 pesos por el quinto bimestre tuve que pagar un peso más. Sólo entonces se me ocurrió revisar mi factura. Lo que debería yo haber pagado, dice ahí, son 387 pesos. El gobierno capitalino me regaló un subsidio de 235 pesos.

Eso es parte de la ficticia economía en que vive nuestro país. Los 235 pesos de mi agua, los diez pesos con los que se subsidia cada viaje en el Metro, y el subsidio a tantas otras cosas que convierten la economía mexicana en un sueño de peyote.

La economía real debería obligarme a pagar realmente lo que cuesta el agua que consumo: tal vez así sería más cuidadoso en el dispendio. Debería hacerme pagar en el Metro lo que realmente cuesta. Y así sucesivamente, salirnos de las mentiras piadosas que nos contamos todos. Desde luego, tendría que pagarme mi trabajo a precio verdadero de mercado.

El círculo vicioso se antoja irrompible, eterno. Sé que mientes al besar y mientes al decir te quiero. Me resigno porque sé, que pago mi maldad de ayer.

Temas: