¿Le apostamos al petróleo?
Se vuelve imperativo configurar alianzas que nos permitan llevar al mercado global los hidrocarburos de nuestras reservas.
Pemex, una de las mayores petroleras del mundo, pero que atraviesa una crisis financiera agravada por los bajos precios del crudo, produjo 2.214 millones de bpd en febrero.
La petrolera lucha para mantener a flote sus niveles de producción, que están por abajo del promedio de 2.548 millones de bpd con los que inició el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, a finales de 2012. La petrolera recortó este año 100 mil millones de pesos en su presupuesto, tras una reducción de 62 mil millones de pesos el año pasado ante el desplome de los precios del petróleo. La mayor parte de ese recorte será absorbido por su brazo de exploración y producción, PEP, lo que reducirá su nivel de bombeo a un estimado de 2.13 millones de bpd en 2016. Pemex perdió su carácter de monopolio en el sector petrolero en México, tras una profunda Reforma Energética concretada el año pasado, pero los primeros barriles de crudo producidos por empresas privadas aún tardarán años en concretarse.
Los recursos del subsuelo en materia de hidrocarburos son derechos a una riqueza que probablemente exista, según los mejores datos disponibles, pero no son “petróleo” ni gas, hasta que en efecto se les localice con precisión, se perfore y se les extraiga. Hoy México requiere del concurso de entidades privadas y mixtas, nacionales y extranjeras, que aporten conocimientos tecnológicos, destrezas gerenciales, redes logísticas y comerciales, además de recursos financieros de los que, hoy por hoy, no disponemos y que resultan indispensables para convertir nuestras presunciones geológicas, sobre todo en aguas profundas, en “nuestro petróleo” y luego éste en riqueza efectiva y duradera. Se vuelve imperativo configurar las alianzas y adquirir las tecnologías y los capitales que, compartiendo el riesgo de emprendimientos formidables, nos permitan llevar al mercado global los hidrocarburos de nuestras reservas de aguas profundas. Para ello se necesitan destrezas tecnológicas avanzadas y miles de millones de dólares anuales, que hoy no tenemos, dado que las mayores reservas están en aguas profundas del Golfo de México.
Además no conviene que México asuma por sí solo los inmensos riesgos asociados a una operación de tal envergadura y de tales complejidades e incertidumbres. Piénsese tan sólo en la catástrofe nacional que confrontaríamos si México tuviera que hacer frente a las reparaciones de daños resultantes del descontrol de un pozo en aguas profundas del Golfo de México, tal y como le ocurrió a British Petroleum.
La industria petrolera tiene ciclos que dan lugar a altibajos de sus precios y sus ingresos, pero lo que hoy estamos viendo va más allá de un movimiento cíclico y se acerca más a un cambio estructural. Este tipo de cambios no son nuevos y se presentan en algunas industrias cuando hay cambios tecnológicos profundos. En el caso de la industria petrolera, ese cambio derivó del desarrollo de tecnologías, como el fracking, para extraer hidrocarburos de las lutitas, lo que permitió el crecimiento de la producción en Estados Unidos.
Es hora de romper definitivamente con la dependencia petrolera de nuestras finanzas públicas y nuestra balanza de pagos. Se acabó el bono petrolero. Pero no olvidemos que en el largo plazo el mercado global del petróleo tiene un comportamiento cíclico y cuando entremos a un nuevo ciclo alcista de los precios globales del crudo, las consecuencias para México serán de gran importancia. Y demandarán decisiones acertadas del gobierno de Enrique Peña Nieto.
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