¿Y si Juárez no hubiera muerto?
Por fortuna, el Papa ya se va a sus sacros recintos, a prepararse para ir con su música a otra parte.
En su columna de esta semana en El Financiero, Carlos Mota comenta que el Papa “ya bendijo el recinto mismo donde expiró Benito Juárez, quien sentía instintiva repugnancia hacia el clero”.
No era para menos. Juárez, legal y legítimo Presidente de la incipiente e indefensa República, pasó la mejor parte de su vida adulta huyendo de un lugar a otro de la patria en un modesto carruaje, llevando, literalmente, a cuestas al Estado mexicano. Huía, pero no por miedo, sino por un profundo y heroico patriotismo: para salvar a México de una invasión extranjera propiciada e instigada por el alto clero católico mexicano y sus cómplices vaticanos y franceses, quienes perseguían, como principal fin, preservar sus inmensos patrimonios y privilegios, así como su todavía existente, aunque ya hace tiempo moribundo, monopolio educativo, el cual hacía imposible el progreso material e intelectual de México.
Como el Papa es argentino, no queda más que citar el tango de tangos, Cambalache: “¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!” Muy bien que venga Francisco, muy bien que venga el Dalai Lama, o el brujito de Murumbi. Que los aclamen sus fieles, aunque trastornen con sus paseos y alardes la vida cotidiana de nuestras ciudades y obliguen al Estado mexicano, en estos tiempos de ingresos petroleros desplomados y ominosos signos de recesión global, a gastar cuantiosos recursos en la seguridad y exhibición de los ostentosos clérigos.
Pero la falta de respeto al Estado laico y la burla descarada a la memoria de Juárez son actos de violencia cívica e histórica que, más temprano que tarde, regresarán a pasar factura a quienes, irreflexivamente, los perpetraron. Clérigos y laicos por igual.
A estas alturas de mi periplo terrenal, ni la humildad ni la ingenuidad son atributos que me adornen, más bien puedo alardear de lo opuesto. Pero trataré de ejercerlos provisionalmente para considerar, sin conceder del todo, la hipótesis de que el papa Francisco es, en realidad, el hombre bondadoso, limpio de espíritu, ajeno a las tentaciones de la riqueza, los lujos y el poder que su imagen televisiva y su cuidadoso discurso quieren hacernos creer.
Quizá, en verdad y de corazón, quiera imitar las virtudes del santo de Asís, cuyo nombre eligió para reinar como obispo de Roma. Sea. Pero, de ser así, el pobrecillo es víctima de una despiadada y nada desinteresada manipulación por parte del intrigante y perverso alto clero católico mexicano. ¿Quién puede, ni en estado de gracia santificante, creer en la bondad de un cardenal públicamente acusado de proteger a pederastas ante los convenientemente sordos oídos de la curia vaticana? En efecto, me refiero al eminentísimo Monseñor Norberto Rivera Carrera. Para muestra basta un botón. Por fortuna, el Papa ya se va a sus sacros recintos, a prepararse para ir con su música a otra parte. Ciertamente, nos deja palabras bondadosas y deseos de paz social y equidad, que buena falta nos hacen. Aunque dudo que hayan logrado conmover y convencer a sus destinatarios: los violentos y los insaciables de riqueza y de poder.
Francisco se va. Juárez se queda. Titánico e impasible. Y si Juárez no hubiera muerto, su figura inmensa hubiera ayudado a Francisco a entender que en este México nuestro se ha derramado mucha sangre por una libertad de creencias que todos debemos respetar y defender. La ruta del Papa debió haber incluido una visita al Cerro de las Campanas. Juárez no ha muerto, sigue vivo. Hoy y para siempre.
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