El reto de México es volver a crecer

En un horizonte de dos décadas, la estrategia se plantea como meta central un alto desarrollo sostenido e incluyente.

Alcanzar y sostener el alto crecimiento exige compromisos masivos de inversión productiva por parte de los empresarios nacionales y extranjeros, líderes en los sectores más dinámicos. Pero es claro que éstos no comprometerán sus recursos a menos que encuentren suficientemente creíble y confiable el compromiso de las más altas autoridades del país con una meta de alto crecimiento, expresa y públicamente asumida como objetivo central de todas las políticas públicas, a la cual se subordinan todos los demás objetivos y proyectos, y con cuyo logro el Presidente de la República y su gabinete comprometen su prestigio personal y el del gobierno. Así lo han hecho ya, en diversos foros recientes, el presidente Enrique Peña Nieto y el secretario de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray Caso. México tiene ya liderazgo para crecer. Es hora de detonar sin titubeos y con gran pragmatismo la estrategia de un alto crecimiento sostenido e incluyente.

El detonador inicial de la estrategia es la inyección masiva de volúmenes sin precedente de inversión extranjera directa, portadora de innovaciones y, a su vez, capaz de generar cadenas productivas dinámicamente vinculadas con la economía global. Sin embargo, a lo largo de un horizonte de dos décadas la estrategia, no sólo se plantea como meta central eliminar definitivamente la desocupación masiva, sino, además, volverse autosustentable y, de esa forma, generar un amplio y diverso mercado interno con el cual se puedan crear capacidades de innovación suficientes para posicionar a empresas e industrias mexicanas como líderes globales en su esfera de actividad.

Ahora bien, poner en marcha la dinámica del crecimiento acelerado exige atraer flujos masivos de inversión extranjera directa que, a su vez, traigan consigo innovaciones capaces de generar nuevos sectores e industrias con potencial para incrementar rápidamente la productividad y el dinamismo de cadenas productivas y, también, de regiones enteras. O bien de reactivar industrias y regiones estancadas por haberse aislado de la dinámica competitiva global.

Los flujos, necesariamente, deben llegar de fuera ya que, de otro modo, carecerán del componente innovador indispensable para modificar el “equilibrio estancado” de una economía que, sistemáticamente, destruye una parte de su acervo de capital humano, al condenar, década tras década, a una parte considerable de la fuerza laboral al subempleo, la obsolescencia, la miseria y la exclusión social.

Detonar un crecimiento de esta naturaleza no es algo que pueda lograrse sólo mediante la manipulación de los instrumentos tradicionales de la política macroeconómica. Estos deberán ajustarse con la necesaria flexibilidad para preservar la estabilidad de precios, mientras se crece aceleradamente. También se deberá cuidar de que el tipo de cambio real no reduzca la competitividad global de las exportaciones mexicanas.

Con frecuencia se disfraza de “ortodoxia” económica la falacia de que es imposible alcanzar tasas de crecimiento más altas suficientes para eliminar la subocupación “estructural”, sin generar algún tipo de “horrenda catástrofe”, que sólo puede remediarse con nuevas dosis de “austeridad”. Esto es una falacia. Es posible crecer a tasas cercanas a la necesaria para alcanzar la plena ocupación productiva en no más de dos décadas, siempre y cuando se mantenga cuidadosamente el equilibrio de las finanzas públicas, cuyo desbalance, y no el alto crecimiento, ha sido la verdadera razón de las proverbiales crisis macroeconómicas No habrá crisis en México. No con este gobierno. Tenemos liderazgo para crecer.

                Twitter: @alzati_phd

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