Los retos económicos y políticos de EPN
Es hora de romper, definitivamente, con la dependencia petrolera de nuestras finanzas públicas y de nuestra balanza de pagos.
En la implacable geopolítica del petróleo se está configurando un escenario que, en unos pocos meses, puede colocar a México, es decir, al gobierno del presidente Enrique Peña Nieto y, principalmente, a su secretario de Hacienda y Crédito Público, el doctor Luis Videgaray Caso, ante la disyuntiva de hundir al país en una debacle semejante a la de 1982, o bien dar, de una vez por todas, el gran salto hacia un porvenir de prosperidad democrática compartida, poniendo fin a la ya prolongada historia de adicción de las finanzas públicas de nuestro país al dinero fácil proveniente del petróleo.
Es hora de romper, definitivamente, con la dependencia petrolera de nuestras finanzas públicas y de nuestra balanza de pagos. Se acabó el bono petrolero. Al principio, quizá, lo vamos a extrañar. Pero de esta coyuntura puede surgir un México menos vulnerable y con mejores bases para crecer. No será fácil, pero tampoco es imposible. Se trata de un ajuste que hoy no podemos compensar con incrementos en el volumen de las exportaciones petroleras. No tenemos ya margen significativo para ello. Y se necesitarán años antes de que la Reforma Energética rinda frutos tangibles, que se reflejen en incrementos relevantes en la producción nacional de hidrocarburos.
Sería imperdonable y desastroso eludir los ajustes de fondo mediante salidas falsas de endeudamiento insostenible, como ocurrió en el fatídico 1982. Esta coyuntura crítica debe aprovecharse, sin perder un solo día, para acelerar y amplificar la capacidad exportadora no petrolera de México. Hay capacidad ociosa y es posible incrementar rápidamente la producción en sectores como el automotriz y el de la electrónica, entre otros. También el turismo puede contribuir pronto de manera considerable. Para lograrlo, ayudará mucho el crecimiento de la economía de Estados Unidos, que la reducción de los precios del petróleo está ayudando a consolidar.
Pero es inocultable que estos ajustes en lo económico deberán venir acompañados de profundas transformaciones políticas e institucionales, que habrán de ocurrir una vez pasadas las elecciones del 7 de junio. El presidente Peña Nieto está acorralado en una posición de falta de credibilidad y de amplio rechazo popular. Y no podrá superarla y recuperar un liderazgo nacional eficaz con sólo simples cambios en algunas posiciones de su gabinete. Debe ir mucho más allá y tomar la iniciativa en una histórica transformación del sistema político mexicano, que le dé aliento de largo plazo a nuestra democracia y sustento firme a la soberanía nacional.
El punto de partida puede ser la integración de un gobierno de coalición, en el que Peña Nieto se asuma como jefe de Estado y comparta la responsabilidad del gobierno con un gabinete pluripartidista, encabezado por un secretario de Gobernación surgido de alguna fuerza opositora de izquierda moderada, que conserve credibilidad, muestre manos limpias y tenga capacidad de diálogo. Su primera tarea trascendente será destrabar la reforma del Distrito Federal e iniciar un amplio debate nacional sobre el traslado de la sede de los poderes federales, es decir, de la capital de la República hacia una ciudad con viabilidad ecológica y urbanística de largo plazo, esto es, con agua, aire respirable y espacio para crecer. Por lo pronto, el Presidente de la República tiene la oportunidad de, con sabiduría política, reducir su presencia en las ondas hertzianas y concentrarse en preparar los cambios históricos que a México le urgen sin demora.
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