Sin cambios, el PRI no triunfará en junio
Hoy la demanda de paz y prosperidad es el hilo conductor del proceso electoral de 2015. Los mexicanos queremos paz.
El PRI es aún en la percepción predominante el previsible triunfador de las elecciones de junio de 2015. Sin embargo, en las semanas recientes las encuestas más prestigiosas y creíbles reflejan una rápida, casi estrepitosa, disminución de su ventaja. El resultado de un amplio proceso electoral —como el de este año— refleja siempre la voluntad política de la ciudadanía. Establece el nuevo “contrato social” entre la sociedad civil y la sociedad política, también denominada “Estado”. Este contrato permanecerá vigente hasta las siguientes elecciones generales. Siempre bajo el mando supremo e impersonal de la Constitución, legitimada por la voluntad general como fuente de la legalidad y de las leyes e instituciones que de ella emanan. Mientras este contrato se respete, las elecciones sean limpias y sus resultados sean aceptados como legítimos —no meramente legales— por mayoría y minorías, el Estado disfrutará de plena soberanía y gobernabilidad, y la sociedad civil gozará de la seguridad que el Estado le brinda. Interpretar de manera correcta este contrato y tener la capacidad para subordinar a él vanidades personales o rigideces ideológicas es la tarea principal de los líderes políticos en una democracia moderna.
Pero hoy el contrato político nacional está en el aire. Al presidente Enrique Peña Nieto le urge recuperar la credibilidad. No puede darse el lujo de hacerse de oídos sordos y seguir clamando en el desierto del rechazo y la indiferencia. Necesita ya un gabinete con prestigio y un secretario de Hacienda capaz de poner en marcha el crecimiento. Necesita un PRI que le dé apoyo, no una cofradía de aplaudidores cerrada y cupular. No se puede gobernar de espalda a la mayoría silenciosa, pero implacable. Es hora de cambiar. ¿Dónde está el Peña Nieto político? ¿Ya lo cercaron sus pueblerinos cortesanos? Ya no hay tiempo que perder. La “estrategia” de “esperar a que pasen las elecciones del 7 de junio para hacer los cambios” es suicida y refleja una peligrosísima miopía política. Una estrategia eficaz para recobrar el crecimiento sostenido y rápido habrá de ser necesariamente el resultado de un vasto proceso político de construcción de consensos.
Mientras el gobierno mexicano siga protegiendo a los oligopolios privados que mantienen estancados a los sectores e industrias con mayor potencial de innovación, el crecimiento del PIB per cápita será mediocre. En cambio, si el gobierno se concentra en atraer la inversión innovadora y en abrir oportunidades de educación media superior y superior de calidad a quienes hoy se quedan sin ella, pronto alcanzará tasas de crecimiento suficientes para erradicar la pobreza.
En política los tiempos son determinantes. Y en un año electoral, todo lo que ha ocurrido en los últimos meses es una inesperada ganancia para los que quieren ver al PRI llegar a las elecciones debilitado. Sobre todo los escándalos en torno a presuntos conflictos de interés en la adquisición de casas por parte de la señora Angélica Rivera, del doctor Luis Videgaray y del propio Presidente de la República. No poner en la balanza los daños causados a la confianza de millones de mexicanos podría tener costos muy altos, no sólo para la imagen del gobierno, sino en términos de abstencionismo, lo que socavaría la legitimidad de las instituciones democráticas, en detrimento de la institución presidencial y con riesgos para la soberanía nacional.
Hoy la demanda de paz y prosperidad es el hilo conductor del proceso electoral de 2015. Los mexicanos queremos paz. Una paz con la vista puesta en el porvenir de ésta, la única patria que tenemos. Una paz garantizada por un Estado que despliegue ya políticas públicas y proyectos que nos devuelvan a todos los mexicanos un horizonte de progreso y bienestar. Lo que México anhela es recobrar la armonía para poder volver a prosperar en paz y libertad.
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