El Estado está
El Estado mexicano ha demostrado, quizá tardía pero eficazmente, que sí está en capacidad de localizar y detener a dos criminales...
La buena noticia que nos transmite la detención del señor Abarca y la señora Pineda es que, a pesar de todos los pesares, el Estado mexicano ha demostrado, quizá tardía pero eficazmente, que sí está en capacidad de localizar y detener a dos conspicuos y ubicuos criminales prófugos y presuntos partícipes en un horrendo atentado contra la libertad, la integridad y quizá hasta la vida de 43 jóvenes, casi niños, presumiblemente inocentes, salvo prueba irrefutable de lo contrario, estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, en Iguala, Guerrero. Todo hace pensar que si alguien conoce con certeza el paradero y la probable condición actual de los desaparecidos es precisamente la pareja Abarca-Pineda. Ahora queda en manos de la PGR obtener de ellos no sólo la confesión de sus presuntos delitos, sino lo que es más importante, información fidedigna sobre lo ocurrido en Iguala la trágica noche de los malhadados sucesos que han mantenido en vilo a la nación entera y tanto han lastimado el prestigio internacional de México. Sobre todo que digan ya qué fue de los 43 estudiantes y, si por fortuna están sanos y salvos, dónde están y quiénes los mantienen detenidos.
Pero más allá de estas urgencias es indispensable que, a partir de esta circunstancia favorable, el Estado mexicano recupere la iniciativa y demuestre a tirios y troyanos, a los de aquí y a los de allá, que sí está presente y actuante. Que sí está en capacidad de garantizar la seguridad e integridad física y patrimonial de todos y cada uno de los habitantes del territorio nacional. Que está en capacidad de someter al imperio de la ley a los criminales de toda laya que, organizados o no, pretenden erigirse en poderes fácticos investidos de impunidad. Que sí está en capacidad de ejercer con eficacia el monopolio de la violencia legítima que la ley le otorga para que la haga valer sin excepciones. Es decir, sin más excepciones o consideraciones que las que la propia ley establece y las que se infieren de los tratados internacionales que México ha suscrito en materia de Derechos Humanos, o a los que se ha adherido en cuanto miembro de la ONU y otros organismos semejantes.
Es asimismo indispensable que el Estado mexicano tome la iniciativa para convocar a todas las fuerzas económicas y sociales de México y del mundo a la ya impostergable tarea de eliminar ya de todo el territorio nacional las espantosas condiciones de miseria, ignorancia, marginación y desesperanza que son el caldo de cultivo para el crimen. Pero esto sólo será posible a partir de una gran limpieza de los establos que destierre toda sospecha de complicidad con los criminales por parte de los servidores públicos, sea cual sea su responsabilidad o el nivel de gobierno federal, estatal o municipal en el que se desempeñen. Ninguna casa se sostiene sobre arenas movedizas ni perdura si se le edifica con maderas apolilladas.
Pero además urgen más comunicaciones, más internet, más caminos, más y mejores escuelas, más y mejores hospitales. No sólo más policías y soldados. El gobierno del presidente Enrique Peña Nieto necesita tomar sin titubeos y con firmeza, aunque también sin alardes ni alharacas, el timón del Estado. Y emprender una auténtica reconquista de los territorios en los que el crimen pretende enseñorearse. Y para cerrar la pinza, quizá ha llegado la hora, como sugiere Cecilia Soto en su columna publicada en Excélsior, de eliminar el estigma criminal de un cultivo tan rentable como la amapola, que sirve tanto para elaborar estupefacientes mortíferos como para producir analgésicos con creciente demanda global, que bien pueden dar base para el despliegue de una pujante industria farmacéutica mexicana de alcance mundial. El Estado está. Y debe seguir estando. No hay vacíos de poder y es hora de que el Estado mexicano llene todos aquellos que parezcan ofrecer a los criminales la tentación de ocuparlos.
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