La pedagogía del atajo

No querido lector, en este país no se nace siendo tramposo; nos enseñan. La máxima popular de que “el que no tranza no avanza” no es una ocurrencia folclórica ni un chiste de sobremesa. Es la primera lección de civismo que recibe un joven en México.

Lo ocurrido en la UNAM —con la detección de trampas en su examen de admisión a licenciatura, aplicado a distancia— no es sólo una anécdota de audacia juvenil. Es la radiografía de un cinismo social que hemos alimentado durante décadas.

Las autoridades universitarias y la empresa proveedora del examen en línea asumieron que un algoritmo podía sustituir el rigor de la supervisión humana. La subcontratación de la prueba se convirtió en una subcontratación de la responsabilidad ética. Se pecó de exceso de confianza o de negligencia administrativa al asumir que una pantalla blindaría la honestidad. 

Pero el dato más desolador no es la vulnerabilidad del software, sino la naturalidad con la que los aspirantes justifican la trampa. Escuchar a jóvenes calificar la prueba de ingreso a la máxima casa de estudios como “un simple trámite” revela una desconexión profunda con el valor del esfuerzo y el mérito académico. 

Cuando el único objetivo es “entrar”, el método deja de importar. Si la meta justifica el método, la ética se vulnera antes de poner un pie en el aula. Para estos estudiantes, engañar al sistema no es una falta es pragmatismo e inteligencia; mientras que la honestidad es juzgada como ingenuidad.

¿Dónde aprendieron que el atajo es una virtud? Los jóvenes no operan en el vacío; viven inmersos en una pedagogía de la impunidad y crecen viendo las noticias de un país donde las tragedias públicas de gran escala —desde colapsos en la infraestructura de transporte hasta omisiones en la custodia del Estado— se resuelven casi siempre bajo el mismo guión: se culpa al eslabón más débil, al chofer o al guardia de turno, mientras los responsables de la gestión y la supervisión continúan en sus cargos. “A río revuelto, ganancia de pescadores”.

Si el mensaje social que reciben a diario es que las instituciones se blindan y que las fallas de la cúpula se arreglan transfiriendo culpas, ¿con qué autoridad moral se les exige a los 18 años que entiendan la ética de un examen? No se justifica la conducta del estudiante, pero se explica su cinismo, pues han aprendido que la responsabilidad nunca sube de nivel.

El problema de fondo es el mensaje pedagógico que el poder emite a diario. Cuando en Sinaloa las denuncias de injerencia criminal en las elecciones y las acusaciones que cercan al exgobernador Rubén Rocha Moya son neutralizadas con protección política y pragmatismo partidista, el ciudadano lee entre líneas que la lealtad al grupo otorga inmunidad y que proteger la parcela de poder es más prioritario que el deslinde ético. Y aplica el dicho: “Acátese, pero no se cumpla”

Si la cúpula enseña que “mirar hacia otro lado” es la estrategia para sobrevivir a un escándalo, no debe extrañar que un aspirante concluya que “el que hace la ley hace la trampa” y que burlar una cámara web es apenas una falta menor, acorde con las reglas no escritas del país donde crece.

Y en este entramado, ¿dónde está la conversación familiar? La ética no nace en el examen ni la improvisa la universidad; se cultiva en el hogar. El silencio o el solapamiento de los padres cuando el hijo presume la forma de burlar el sistema, normaliza la corrupción cotidiana. 

¿Seguiremos sembrando en nuestras generaciones Z (centennials) y alpha que “con dinero baila el perro” o que “el que se fue a la Villa, perdió su silla” o que si no te pones las pilas te comen el mandado? 

El regreso al examen presencial supervisado por personas no es sólo un ajuste logístico ni la derrota de la IA; es la admisión de un fracaso colectivo. La UNAM debe garantizar la certeza de sus procesos, por supuesto, pero ¿de qué sirve diseñar tecnología para detectar trampas si en las casas y en las calles seguimos formando ciudadanos bajo la “ley de Herodes” o convencidos de que la honestidad es opcional?

DM

Éxito a los aspirantes que el miércoles acuden a su examen presencial, en la primera sede en Guanajuato. Los que se prepararon y estudiaron tendrán un lugar en mi alma máter y quienes pensaron que los atajos se logran con trampas y, además, pagaron por ello, no merecen estudiar en la UNAM.