Menos pantallas, más preguntas

No querido lector, no se trata de satanizar la tecnología ni de prohibir el uso del celular en las aulas bajo la ilusión de que, al guardarlo en la mochila, el conocimiento entrará de manera mágica en la cabeza de nuestros estudiantes. Se trata de entender qué estamos haciendo con la educación en este país. 

La inteligencia artificial (IA) ya no es una herramienta del futuro ni un tema exclusivo de ciencia ficción; es el presente cotidiano en las tareas, trabajos y consultas de las y los estudiantes mexicanos. La cuestión es si en los salones de clase se está enseñando a pensar o sólo se mira para otro lado cuando el o la docente se da cuenta de que sus alumnos copian y pegan o resuelven problemas con ayuda de un algoritmo.

El gobierno federal, a través de sus autoridades educativas, debería cuestionar, indagar, medir y entender de forma urgente por qué nuestros alumnos utilizan la IA cada vez más, pero sin formación para evaluar críticamente sus resultados. La prueba PISA indica que quienes emplean la IA de forma rutinaria y a ciegas presentan desempeños inferiores a quienes no la utilizan. En contraste, el panorama mejora entre quienes aprendieron a cuestionar, dudar y verificar lo producido por estas herramientas.

¿Y qué ha hecho el sistema educativo para dotarlos de ese juicio crítico? Poco o nada. De acuerdo con PISA, sólo 59% del estudiantado mexicano señala haber recibido formación relacionada con este uso reflexivo de la tecnología.

La IA llegó a las aulas mexicanas por impulso de los propios estudiantes y no mediante una estrategia educativa institucional. Mientras sólo 8% de los alumnos de 15 años dice no haber usado nunca IA, aproximadamente la mitad estudia en planteles con graves carencias de infraestructura básica. Es decir, tecnología de punta en manos de jóvenes sin guía, en escuelas sin internet ni insumos elementales.

Otro ángulo que las autoridades educativas tendrían que escudriñar es el nivel de distracción en los salones de clase. Un 37% del alumnado mexicano afirma que sus compañeros se distraen con dispositivos electrónicos en casi todas las clases de ciencias, frente a 28% en promedio entre los países de la OCDE.

La cifra obliga a cuestionar: ¿se distraen porque no entienden nada?, ¿porque se aburren en los salones de clase?, ¿o será que las y los maestros no han adecuado su pedagogía a las formas de aprendizaje de las nuevas generaciones?

Reducir el debate a culpar al celular o reprochar el comportamiento de las y los jóvenes es la salida más fácil. Las investigadoras del Centro INIDE de la IBERO, Jimena Hernández Fernández y Marisol Silva Laya coinciden en que los datos de PISA no deben servir para responsabilizar a estudiantes, familias o docentes, sino para colocar el derecho al aprendizaje en el centro de la discusión y la política pública.

La prueba PISA muestra que el aprendizaje continúa atravesado por la brecha social. Entre 25% del alumnado con mayor ventaja socioeconómica y 25% en mayor desventaja hay 68 puntos de diferencia, un rezago de tres a cuatro ciclos escolares. Además, únicamente 12% de los estudiantes en mayor pobreza logra colocarse en niveles altos de desempeño, los llamados estudiantes “resilientes”.

La noticia esperanzadora es que ocho de cada 10 estudiantes en México afirman que sus docentes se interesan por su aprendizaje y les brindan ayuda cuando la necesitan, indicador donde superamos el promedio de la OCDE. El magisterio está ahí, haciendo su trabajo en la trinchera; lo que falta es una política pública que los acompañe con capacitación, recursos y herramientas pedagógicas acordes a la IA.

Nuestros jóvenes estudiantes también tienen disposición para aprender —no todo está perdido—, pues según PISA, 80% de los evaluados siente curiosidad por aprender más y 76% se esfuerza más cuando una tarea se vuelve difícil.

Estar en la escuela es indispensable, pero no basta. Necesitamos saber qué pueden hacer las y los jóvenes de 15 años con lo aprendido en sus aulas. PISA ayuda a evaluarlo porque mide cómo aplican sus conocimientos para resolver situaciones cotidianas y problemas reales. Aprender importa, y saber qué hacer con lo aprendido, también.