Luna de plata, realidad de plomo

Mientras usted y yo contemplamos con asombro las imágenes del despegue de la misión Artemis II, ese ambicioso proyecto de la NASA que busca llevar nuevamente al ser humano a las proximidades de la Luna, en la Tierra —en México— la gravedad de la realidad nos devuelve al suelo de un golpe seco. 

Es fascinante, no cabe duda. Cuatro astronautas, tecnología de punta y la esperanza de una generación entera encapsulada en una nave que recorrerá miles de kilómetros. Para hacerlo más cercano, la NASA lanzó la iniciativa Envía tu nombre con Artemis (Send Your Name with Artemis), logrando que más de cinco millones de personas se registraran para viajar, simbólicamente, en una tarjeta SD dentro de un peluche llamado Rise. 

Entre esos millones de nombres, hay 52 que no buscan la gloria del espacio ni el interés por las carreras científicas. Son nombres que cargan con el peso del dolor y la exigencia de justicia. El colectivo Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León (FUNDENL) decidió que, ya que en la tierra las autoridades han cerrado los ojos, sus seres queridos debían ser visibles desde el cosmos. Es una paradoja dolorosa. Mientras la humanidad celebra el alcance de sus sueños más altos, miles de familias mexicanas viven la pesadilla de tener sus proyectos de vida truncados. Qué ironía que, para ser escuchados, para que sus nombres no se borren, tengan que salir de la estratósfera.

Y justo cuando el mundo observaba hacia el cielo por el éxito de Artemis II, el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU (CED) nos obligó a mirar hacia las fosas. El informe emitido el pasado 2 de abril es, por decir lo menos, demoledor. 

Por primera vez, el organismo elevó el caso de México a la Asamblea General de la ONU. No es un trámite menor; es una señal de auxilio internacional ante una crisis que ya no se puede ocultar con discursos matutinos. El Comité consideró que en México se cometen desapariciones forzadas que constituyen crímenes de lesa humanidad. Y, aunque el gobierno se apresuró a decir que no existe una política federal para desaparecer personas —como si eso fuera consuelo—, la ONU señala la participación, el consentimiento o la omisión de servidores públicos.

¿Sabe usted lo que significa que México concentre 38% de las acciones urgentes a nivel mundial? Superamos a países en guerra abierta. Tenemos más de 7 mil restos humanos sin identificar y más de 4 mil 500 fosas clandestinas registradas. Ésa es la verdadera radiografía del país, aunque se quiera maquillar con otros datos. La respuesta del Estado mexicano ante el informe de la ONU fue la de siempre: el rechazo categórico. Calificaron el documento de “tendencioso” y acusaron a los redactores de tener “sesgos ideológicos”. Es curioso cómo, para el discurso oficial, cuando un organismo internacional aplaude, es progreso; pero cuando señala la sangre y la impunidad, es una intervención extranjera malintencionada.

Angélica Orozco, integrante de FUNDENL, se lo dijo en entrevista a Pascal Beltrán del Río, con una claridad que estruja: para las autoridades, las víctimas son cifras que se minimizan; para las familias, son historias que faltan en la mesa. El gobierno prefiere debatir sobre la metodología de un informe antes que explicar por qué las madres buscadoras tienen que salir con palas a hacer el trabajo que le toca a la fiscalía, jugándose la vida en el intento.

En la misión Artemis II, los nombres viajan protegidos en una tarjeta electrónica de alta fidelidad. En México, los nombres de los desaparecidos a veces ni siquiera llegan a las carpetas de investigación por la negligencia de funcionarios que no saben —o no quieren— registrar un delito. Es válido emocionarse por el regreso a la Luna. La exploración espacial representa lo mejor de nuestra capacidad técnica, científica y nuestra curiosidad. Pero no podemos permitir que el brillo de la tecnología nos ciegue ante la oscuridad de nuestra crisis humanitaria.

¿Habrá en esas tarjetas de la NASA nombres de desplazados por la guerra en Oriente Medio o por el crimen organizado, por la pobreza o devastación del cambio climático? Qué bueno que los nombres de nuestros desaparecidos lleguen a la Luna; ojalá que, de regreso a la Tierra, encuentren por fin la justicia que aquí se les niega. Porque mientras unos cuentan estrellas, miles de familias mexicanas siguen contando ausencias.