Vuelos

Cuarón, González Iñárritu y Lubezki han creado la metáfora de un nuevo mexicano que se atreve a mirar por arriba de la medianía.

La mentalidad triunfadora no es moneda que circule con frecuencia en la sociedad mexicana. No quiero especular sobre las razones históricas o antropológicas de este atavismo. Pero, sin duda, cansa mucho que cada vez que se presenta alguna estadística mundial, nuestro país ocupe los últimos lugares en educación o productividad, y destaque más por sus altos índices de criminalidad o corrupción.

Nos hemos acostumbrado a que este deprimente panorama sea parte natural de nuestro paisaje. No es noticia ni escandaliza a nadie que el nombre de México figure destacadamente en los ratings mundiales de obesidad y diabetes. En el deporte, el derrotismo que nos predispone en el futbol a que nunca pasemos del famoso “cuarto partido” en los mundiales nos impide valorar los logros en disciplinas menos populares. A los escasos triunfadores —tipo Lorena Ochoa o Paola Longoria— se les ve como lobos solitarios, impertinentes que trabajan para su gloria personal sin estar a tono con el resto de una nación que se lame las heridas provocadas por su perenne mediocridad.

El cine también da pretexto para la flagelación, a pesar de los intentos individuales por darle un giro al guión del fracaso. Tomemos, por ejemplo, los premios de la Academia de Hollywood que se entregan esta noche. Un dato duro, objetivo, es que México nunca ha ganado como Mejor Película en lengua no inglesa, categoría en la que se postula a países. En ocho ocasiones ha estado en la quinteta final sin que la nominación se haya concretado en una estatuilla. Pésimo récord, si se le compara con Argentina, que ya lo ha ganado en dos ocasiones y compite de nuevo en la ceremonia de hoy.

Al estigma del no triunfar hay que añadirle el síndrome del “ya merito”, del estar a punto de alcanzar la cúspide y quedarse en el camino. De nuevo, quienes gustan de esa masoquista convicción olvidarán que en la premiación correspondiente a 2006 los mexicanos Guillermo Navarro y Eugenio Caballero se alzaron con el Oscar por la fotografía y la dirección artística de El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, y más bien recuerdan que ésta perdió en la principal categoría frente a la alemana La vida de los otros. Y en ese muy mexicano deporte de demeritar al paisano, no faltan quienes critican la falta de mexicanidad de ese filme al señalar que trata sobre un episodio de la historia de España con actores de ese país, un ejercicio del jalisciense que resulta intelectualmente muchísimo más honesto que el de las superproducciones hollywoodenses sobre la mitología griega habladas en inglés y con actores de todos los grupos étnicos posibles para no romper los cánones de la corrección política.

Alejandro González Iñárritu podría ser pretexto de una comparación análoga que haría las delicias del derrotismo. Su película Amores Perros, de 2000, regresó a México a las nominaciones del Oscar (la última había ocurrido 25 años antes con Actas de Marusia, ésta, por cierto, historia de mineros chilenos dirigida por el también chileno Miguel Littín). Puede decirse, sin exagerar, que gracias a éste el mundo volteó a ver de nuevo a México como referente cinematográfico. A partir de su nominación, sus colegas Carlos Carrera y Del Toro consiguieron candidaturas. El propio González Iñárritu repitió en la categoría diez años después de su debut, con Biutiful. Ninguno de ellos ganó. Pero su perseverancia ha dado frutos de los cuales el país, en su imagen como generador de productos intelectuales, se ha visto beneficiado.

González Iñárritu desafió el tradicional conformismo nacional y se metió de lleno a la industria estadunidense jugando con sus reglas. Producto de esa ambición filmó Babel (2006), que le dio su primera postulación a las dos categorías más importantes del Oscar, Mejor Película y Mejor Director, en las que perdió nada menos que frente a esa leyenda viva llamada Martin Scorsese. Hoy, de nueva cuenta repite en ambas categorías con su filme Birdman y puede conseguir un 1-2 curioso en la historia de la cinematografía mundial: que México sea el único país en el mundo en aportar a los primeros dos realizadores de habla hispana que ganan el Oscar consecutivamente. El primero, como es sabido, es el también paisano Alfonso Cuarón, cuya película netamente mexicana Y tú mamá también ya había competido por el trofeo que finalmente obtuvo como realizador por Gravedad, una producción de gran presupuesto realizada con los más altos estándares de la industria estadunidense y que fue también un notable éxito de taquilla.

Esta noche, además, puede ser la del cinefotógrafo Emmanuel Lubezki, cuyo trabajo le ha granjeado el mayor prestigio en Hollywood y que por ello es favorito a obtener su segundo galardón al hilo al contribuir a que la historia de Birdman fuera narrada como si fuera una sola secuencia, un ingrediente esencial para la comprensión emocional de la historia de un actor que vivió la gloria de encarnar a un superhéroe y que desde su decadencia decide reinventarse en forma de

un histrión relevante con casi todas las circunstancias en contra.

Por medio de personajes que para luchar por su vida desafían las leyes de la física, Cuarón, González Iñárritu y Lubezki han creado la metáfora de un nuevo mexicano que se atreve a mirar por arriba de la medianía. Que su ejemplo tenga el reconocimiento que merece y que nos acostumbre a la idea de que no puede haber otro camino que volar para un país que tiene un águila en su escudo.

                Twitter: @Fabiguarneros

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