Varias naciones han disminuido o cancelado sus aportaciones a la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina (UNRWA) a lo largo de los últimos tres años. EU las suspendió totalmente, los países árabes del Golfo las redujeron en 90% y ahora Suecia y Finlandia han dejado de ser donantes. Por ejemplo, de los 45 millones de dólares que Helsinki le aportó en 2020, la cifra ha bajado a cero, al anunciar hace días que los fondos de ayuda serán canalizados en cambio al Programa Mundial de Alimentos y a otras organizaciones de auxilio internacional. ¿Por qué esas decisiones?
Vale la pena hacer un poco de historia. La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina (UNRWA), mantuvo por largo tiempo la apariencia de ser un organismo imbuido de encomiables propósitos humanitarios en beneficio de los refugiados palestinos en Oriente Medio. Y así fue en efecto durante los primeros años tras su fundación en 1949, cuando como producto de la guerra librada entre el mundo árabe y el naciente Estado de Israel, se produjo un flujo de aproximadamente 750 mil refugiados árabes que no fueron acogidos por los países hermanos del vecindario y quedaron en la necesidad de depender para sobrevivir del auxilio de la comunidad internacional. Casi al mismo tiempo se desencadenó también otra corriente de refugiados de la misma magnitud, pero en sentido inverso: prácticamente la totalidad de las comunidades judías residentes en países árabes fue expulsada tras siglos de vivir ahí. Sin embargo, esa población tuvo más suerte que la de los árabes de Palestina. Fueron incorporados la mayoría de ellos de inmediato al Estado hebreo, con lo que su condición de refugiados desapareció.
Fue así como UNRWA se fundó para hacerse cargo de los refugiados palestinos mientras que otra organización de la ONU fue creada poco después para atender a los muchos casos de desplazados y solicitantes de asilo del resto del mundo, a saber, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Mientras UNRWA lleva 77 años presuntamente a cargo de sucesivas generaciones de refugiados palestinos que van heredando esa condición, el ACNUR ha cumplido a lo largo de los años con su misión eficientemente, resolviendo caso por caso mediante procesos enfocados a reincorporar a sus protegidos, ya sea a su viejo hábitat o a uno nuevo, dejando así atrás la condición de refugiados.
En el caso de los judíos que masivamente se vieron obligados a abandonar tierras árabes, nunca pretendieron hacer del regreso a ellas un objetivo real. Expulsados de Egipto, Siria, Marruecos, Irak, Argelia, Túnez o Libia jamás albergaron con seriedad un proyecto de retornar a sus ancestrales terruños a pesar de su nostalgia y de haber dejado ahí su patrimonio. Con los palestinos fue en cambio diferente, ya que mediante la manipulación ideológica de los países árabes del derredor y su rechazo a integrarlos, se inyectó en ellos el objetivo de un retorno al territorio que se había convertido ya en el Estado de Israel. Aún más, se sembró la aspiración de desmantelar a éste para conseguir que ningún fragmento de territorio en Oriente Medio quedara fuera de la órbita hegemónica de lo árabe y lo musulmán.
En tales circunstancias se fue distorsionando el destino de la UNRWA. Mientras Israel no fuera destruido, las generaciones de refugiados palestinos seguirían creciendo y UNRWA seguiría estando justificada. Se creó así una peculiar simbiosis. Su abultada burocracia, compuesta básicamente por elementos de las propias comunidades de refugiados palestinos imbuidos del propósito de destruir a Israel, se convirtió en una especie de doble agente: empleados oficiales de UNRWA recibiendo sueldo de ella, y simultáneamente militantes en organizaciones radicales como el Hamás, el cual asumió el gobierno de la Franja de Gaza tras el retiro total de Israel en 2005. Doctores, maestros y funcionarios administrativos integrantes del personal de UNRWA colaboraban con el Hamás como se corroboró mediante múltiples videos de lo ocurrido el 7 de octubre, donde aparecían en plena acción durante las matanzas en la frontera sur de Israel.
Se ha demostrado que al menos 400 empleados de UNRWA estaban en las nóminas de combatientes del Hamás y la Jihad Islámica, con las consecuencias mencionadas aquí al principio: que muchas de las naciones que han decidido cesar o disminuir sus aportaciones a dicha organización lo han hecho porque se han dado cuenta de que UNRWA no forma parte de la solución al problema palestino, sino que más bien funciona para perpetuarlo por consideraciones de beneficios económicos y de agendas políticas extremistas cuya principal arma es el terrorismo.
