Trump: un ángulo más
En estos primeros días de la administración de Trump, Oriente Medio aparece de nuevo como región en la que el mandatario estadunidense es capaz de desplegar un protagonismo tan marcado que bien puede sostenerse la hipótesis de que ahí centrará sus esfuerzos de cabildeo, sus presiones y sus amenazas para construir la ruta que le permita ser acreedor a ese Premio Nobel al que aspira.
La compleja y turbia personalidad del nuevo mandatario en la Casa Blanca ha generado ríos de tinta y comentarios sin fin desde que apareció por primera vez como actor relevante en la vida política de Estados Unidos. Más ahora que concentra tanto poder en sus manos. Entre los rasgos que se le han atribuido está, ciertamente, la megalomanía en grados supremos, muy parecida a la que hemos conocido en los casos más extremos de dictadores populistas a lo largo de la historia. No es casual así que sea fácilmente detectable su ambición de recibir el Premio Nobel de la Paz para cerrar con broche de oro su paso por las altas esferas de la política estadunidense.
Si alguna oportunidad tiene Donald Trump de cumplir su sueño –y seguramente él lo sabe– es mediante un logro extraordinario en el escenario del Oriente Medio, tan violento, complejo y volátil. A fines de su cadencia anterior y no obstante el ambiente de polarización que sembró en su país y sus erráticas decisiones en diversas áreas de la arena internacional, tuvo éxito en un frente que en su momento sorprendió. Se trató de los llamados Acuerdos Abraham por los cuales Emiratos Árabes Unidos y Bahrein, dos ricas naciones musulmanas del Golfo Pérsico, normalizaron relaciones con Israel, para abrir la puerta a que poco a poco hicieran lo mismo después Sudán y Marruecos.
Mediante el arte de la negociación que presume dominar como nadie, Trump consiguió, convenciendo y presionando al premier israelí Netanyahu y a los Emiratos Árabes, lo que fue calificado como “un acuerdo histórico”, una de cuyas virtudes fue fortalecer el bloque árabe antiiraní, sumándole a Israel como actor preponderante, más allá de los negocios jugosos previsibles dentro de esa nueva relación de cooperación.
Ahora, desde estos primeros días de la administración de Trump, el Oriente Medio aparece de nuevo como región en la que el mandatario estadunidense es capaz de desplegar un protagonismo tan marcado que bien puede sostenerse la hipótesis de que ahí centrará sus esfuerzos de cabildeo, sus presiones y también, seguro, sus amenazas para construir la ruta que con suerte le permita ser acreedor a ese Premio Nobel al que aspira. Al haberle dado el empujón final al largo y desesperante proceso de implementación de un cese al fuego entre Hamás e Israel, que como se ha visto incluye la liberación de rehenes israelíes a cambio de presos palestinos y el retiro paulatino del ejército israelí de buena parte de la Franja de Gaza, está en capacidad desde estos primeros días de su presidencia, de retomar esa papa caliente que es la región, para apuntarse un éxito más. Se trataría fundamentalmente de ampliar los Acuerdos Abraham con la normalización de relaciones entre el peso pesado del mundo musulmán, Arabia Saudita, e Israel.
Esa posible normalización ha flotado en el aire desde el 2020 y, sin embargo, tras el inicio de la guerra desatada el 7 de octubre de 2023 a partir de la masacre realizada por Hamás en Israel, el cuadro del Oriente Medio es radicalmente otro. El eje Irán, Hamás, Hezbolá, se halla francamente degradado, y su otro gran aliado, el régimen sirio de Bashar al Assad ha caído. Pero, por otro lado, Israel ha sufrido la más larga, grave y costosa guerra de su historia y se halla en una encrucijada para la cual el ultraderechista gobierno de Netanyahu no tiene respuestas ni claras ni viables. Tal vez sea un sueño guajiro que en ese contexto, Trump, ansioso de coronarse de gloria, sea capaz de ejercer sus poderosos oficios, amenazas, sobornos y chantajes, para impulsar un proceso de negociación serio y creíble entre israelíes y palestinos, condición exigida como requisito básico por el reino saudita para normalizar relaciones con Israel.
Las perspectivas al respecto no son por lo pronto prometedoras porque el cataclismo derivado de esta última guerra en la región ha fortalecido las posturas radicales entre quienes viven ahí. Es cierto que hay una gran ansia de paz, pero también una intensa desconfianza mutua entre los bandos en pugna.
Sin duda, los astros tendrían que alinearse para empezar a resolver el nudo de complejidades propio del momento actual, y sin embargo, aunque suene extraño, habría que aspirar a que Trump, en este caso, sí tenga éxito.
