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El fantasma de Echeverría

Después de que en un desplegado del Consejo Mexicano de Hombres de Negocios condenó que un candidato presidencial “recurra a ataques personales y a descalificaciones infundadas, y que es preocupante que alguien que aspira a ser Presidente denoste a quienes no comparten ...

Después de que en un desplegado del Consejo Mexicano de Hombres de Negocios condenó que un candidato presidencial “recurra a ataques personales y a descalificaciones infundadas, y que es preocupante que alguien que aspira a ser Presidente denoste a quienes no comparten sus ideas”, en la 59 Semana Nacional de Radio y Televisión, Andrés Manuel López Obrador respondió que “algunos empresarios son los que se oponen a que haya un cambio; se sienten los dueños de México; el gobierno está secuestrado por esta minoría rapaz que es responsable de la tragedia nacional”.

Este artero ataque a la clase empresarial (que como nunca cerró filas con un contundente manifiesto del CCE) por parte del candidato de Morena trae a la memoria el conflicto entre el sector privado y el presidente Luis Echeverría, quien tuvo la “virtud” de unir a aquel en su contra, ya que su gobierno se caracterizó por la polarización y la discordia, y al final, el desastre económico. Aunque Echeverría ofreció reconciliación y apertura, pronto exhibió su rostro autoritario y represivo con la matanza de Jueves de Corpus (1971), la guerra sucia y el clima hostil contra los patrones, que derivó en el homicidio de Eugenio Garza Sada (1973), patriarca del Grupo Monterrey, realizado por la Liga 23 de septiembre, pero que se responsabilizó al gobierno (dada la fuerte disputa que había entre la IP y el Presidente), y tiempo después se confirmó que su asesinato tuvo la venia presidencial. Si este crimen conmocionó a México, el “desarrollo compartido” echeverrista basado en la economía-ficción (controles de precios, despilfarro del gasto público, endeudamiento ilimitado), el estatismo sin control (proliferaron los elefantes blancos) y el populismo (más demagógico que dadivoso), generaron incertidumbre, inflación, fuga de capitales y una traumática devaluación (1976) que dio fin al “milagro mexicano” y dio inicio a las crisis de fin de sexenio.

Como todo populista, Echeverría se sintió dueño del país y dado el estatismo imperante, manejó las finanzas públicas a su antojo, pero la situación se le salió de control, en gran parte por su enfrentamiento con el sector privado. En esa época autoritaria, la sociedad no tenía forma de contener las arbitrariedades presidenciales (que condujeron a reiteradas crisis) y dos generaciones han luchado por un régimen de libertades, democracia, economía mixta y abierta, que ya no dependa del Estado ni mucho menos de la voluntad de una persona, por muy “honesta” que se presente, lo que provoca todavía mayor desconfianza, sobre todo si

está rodeada de corruptos y perdona sus pillerías.

Es el caso de Andrés Manuel López Obrador. Si agraviar a los empleadores era parte de su estrategia de intensificar la polarización social para reposicionarse después de perder el primer debate, lo que consiguió fue incrementar sus negativos al provocar la alerta general (no sólo en el sector privado) de que la nación no puede quedar en manos de “un Echeverría corregido y aumentado” (o sea, Chávez), en alguien bipolar y arbitrario, y le puso en bandeja de plata el apoyo de la IP, de las clases medias y otros sectores, a Ricardo Anaya, cuya campaña sigue en ascenso.

A diferencia de los tiempos echeverristas, el empresariado marca la pauta económica en México y, por ello, son muy peligrosas las provocaciones de AMLO, quien como presidente buscaría cualquier pretexto para estatizar o, incluso, confiscar. Los millennials deben saber que las cosas se pueden poner mucho peor si la guerra de clases se desata desde el Estado, la antesala del chavismo, que ya se vislumbra.

ENTRETELONES

A casi 42 años del golpe echeverrista a Excélsior.

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