Decepción política y estallido social
Lo más común en la política es que la ciudadanía se decepcione de los candidatos que eligió, ya sea porque, una vez en el poder, se desentiendan de sus promesas, hagan todo lo contrario a lo ofrecido, incumplan con la expectativa generada o, peor aún, que su ...
Lo más común en la política es que la ciudadanía se decepcione de los candidatos que eligió, ya sea porque, una vez en el poder, se desentiendan de sus promesas, hagan todo lo contrario a lo ofrecido, incumplan con la expectativa generada o, peor aún, que su (des)gobierno agrave la situación previa. En América Latina, la velocidad de arrepentimiento es mayor a la de otras regiones, lo que se refleja en el rápido descrédito y desgaste de sus gobernantes (crece el número de mandatarios destituidos y juzgados), y en las fuertes protestas contra ellos, incluso, a los pocos días de llegar a la presidencia. En este sentido, un caso dramático fue la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez y el Caracazo, a 30 años de producirse en Venezuela.
La mayoría de venezolanos que sufragaron por Carlos Andrés Pérez, en diciembre de 1988, tenían en mente su primer mandato entre 1974 y 1979. La crisis energética cimbró a las naciones desarrolladas, pero generó un boom petrolero para los países exportadores (en ese lapso, el precio pasó de 11 a 30 dólares el barril). En 1976, dicho presidente nacionalizó el crudo, creó PDVSA, y el Estado obtuvo ingresos extraordinarios de la renta petrolera hasta 1981, cuando el precio del barril superó los 40 dls. Ello permitió a su gobierno promover el desarrollo económico y social y, al crecer el PIB, se generó empleo, se impulsó un importante programa de becas, se mejoró el poder de compra e, incluso, bajó unos puntos porcentuales la pobreza. Aunque, en 1978, su partido, Acción Democrática, perdió las elecciones y el presidente fue acusado de corrupción (por un voto en el Congreso quedó absuelto), al terminar su mandato, Andrés Pérez mantuvo su popularidad y dejó un buen sabor de boca, que cosechó casi diez años después, cuando volvió a ganar, ahora con 3,868,843 de votos (52.89%, récord de votación superado hasta 2006), con la promesa de restaurar a la “Venezuela saudita” (según llamó a su nación durante su primera administración), lo que generó amplias expectativas.
Pero el contexto internacional había cambiado, la crisis del capitalismo mundial, las medidas neoliberales, entre otros factores, causaron la caída de los precios del crudo a lo largo de los ochenta (en 1989 estaba a 17 dls el barril), lo que perjudicó mayormente a las economías petrolizadas, con elevado déficit fiscal y endeudamiento, como la venezolana. Dado que la crisis económica se agravaba (inflación de 30%, déficit fiscal de 6% del PIB, devaluación del 100%), Andrés Pérez sabía que era necesario un gran ajuste, pero en su campaña, evidentemente, ocultó la necesidad de una terapia de choque fondomonetarista. El 2 de febrero asumió la presidencia y el 26 anunció las draconianas medidas o el “gran viraje”, al contemplar, entre otras acciones de fuerte impacto, una escandalosa liberalización de precios, incluyendo las tarifas de servicios públicos, por ejemplo, el 30% de aumento inmediato en el precio de la gasolina, y en el transporte público. Al día siguiente, el desencanto se tradujo en furia popular, consistente en disturbios masivos y violentos (vandalismo, saqueos, tiroteos, etcétera) en varias ciudades, que se prolongaron hasta el 8 de marzo. El Caracazo sólo fue contenido mediante una sangrienta represión de las fuerzas de seguridad, con miles de muertos, heridos y desaparecidos. Se crearon las condiciones para el chavismo.
De este caso no se ha aprendido: los políticos siguen defraudando a la gente y generando malestar y estallidos sociales.
ENTRETELONES
Con el crimen de José Luis Álvarez en Chiapas, suman 122 los ambientalistas asesinados.
