Batalla política

Las compañías encuestadoras hacen la pizza del tamaño que quieras, con los ingredientes que quieras. El problema está en que te la creas

En un magnífico artículo publicado el domingo pasado en el periódico español El País, el filósofo vasco Daniel Innerarity, una de las mentes más brillantes que actualmente tiene España, escribe sobre una de las grandes preocupaciones de muchos pensadores, académicos y políticos, y es la referente a lo que él titula como Una sociedad medida.

Empieza con una frase de lo más acertada en todo el mundo, que es: “Cuando no entendemos la sociedad,

la medimos”. Y efectivamente, en la actualidad medimos desde la productividad de las empresas, la calidad de

la educación, la asistencia a espectáculos, la popularidad de los políticos, etcétera.

Para todo hay clasificaciones, rankings, ratings de popularidad, encuestas, puntuaciones y todo lo que le queramos agregar pero, como bien dice Innerarity, “las clasificaciones son instrumentos para ordenar la información y proporcionar ayuda a la hora de decidir, sin tener que perder el tiempo en interpretar”. Y, efectivamente, cuando tenemos un dato producto de alguna medición, la mayoría de las veces se publica o se difunde, pero no se interpreta.

Para el filósofo, los números desempeñan una función importantísima en la sociedad contemporánea, ya sea para los mercados, la ciencia o la política. Sin embargo, pensar que por el solo hecho de ser números están fuera de toda manipulación es un error ya que, como bien se apunta en el artículo, aparte de que también hacen política, las estadísticas presumen de reflejar la realidad objetiva, pero son construcciones selectivas que en parte producen

esa realidad.

Esto nos está sucediendo hoy en nuestro país con las encuestas diarias sobre las próximas elecciones del mes de julio, porque no es lo mismo encuestar a trabajadores que a amas de casa o a estudiantes, ni tampoco es lo mismo encuestar a las personas que viven en los barrios de Culhuacán que aquéllas que viven o trabajan en Polanco.

Por eso, según yo, podríamos considerar que todas son más o menos ciertas. Las compañías encuestado-

ras de todo el mundo hacen la pizza del tamaño que quieras, con los ingredientes que quieras. El problema está en

que te la creas.

Hay una corriente de pensamiento en el mundo académico que considera necesario regular y transparentar las actividades de quienes se dedican a esos menesteres. Como ejemplos, tenemos el caso por todos conocido de

que las principales agencias de calificación crediticia son estadunidenses y lo que acaba de ocurrir con el Banco

Mundial y Chile, publicado por el Wall Street Journal hace una semana.

En el artículo de este periódico, el economista en jefe del Banco Mundial, Paul Romer, reconoció que en la medición de su informe Doing Business se alteró el ranking, donde Chile bajó constantemente durante el primer mandato de la señora Bachelet, subió en el gobierno de derecha del señor Piñera y, sorpresivamente, volvió a bajar en el segundo periodo de la presidenta.

El escándalo ha recorrido todo el mundo y el Banco ha descalificado a su economista en jefe, quien a su vez se

ha medio retractado, y lo digo así porque en su explicación ha dicho que “cambiaron los métodos por razones sólidas y las modificaciones fueron cuidadosamente consideradas”.

Esta explicación se asemeja a lo que sucedió en nuestro país cuando el secretario de Desarrollo Social de hace tres años tuvo la ocurrencia de presionar al Inegi y de paso al Coneval, para cambiar los indicadores de medición de la pobreza y hacerlos más acordes con la política de este gobierno.

También se armó un escándalo que podrían haber evitado si en vez de preocuparse por las mediciones se hubieran ocupado en atender a los pobres.

Por eso es que, como concluye acertadamente en su artículo Daniel Innerarity, una de las principales batallas políticas de la actualidad está en torno a los métodos de medición, cuando afirma que hoy los dirigentes “confían en las representaciones cuantitativas, por lo tanto, la lucha por el modo de medir se ha convertido ya en una tarea genuinamente democrática.”

En México también hay que dar la batalla.

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