¿Por qué no debaten?

Sería una pérdida de tiempo ponerse a discutir la política económica, sin darse cuenta de que en varias partes del mundo lo están haciendo porque la insatisfacción social es creciente.
 

En días pasados se presentó un libro del académico de la UNAM Arturo Huerta, con el título de El Ocaso de la Globalización. Durante la discusión posterior surgió un tema muy interesante, que se refiere a por qué en nuestro país no hay debate con las autoridades gubernamentales sobre la situación económica.

Estamos viendo que en muchos países están participando, no sólo los académicos, sino también los propios gobernantes, en un debate en torno a la política económica implantada, comúnmente llamada neoliberalismo o capitalismo de libre mercado.

Reino Unido es un buen ejemplo. En ese país, la primera ministra, Theresa May, continúa insistiendo en el inmenso potencial de una economía de mercado abierta e innovadora (a su juicio), mientras que el jefe de la oposición del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, argumenta que lo único que ha producido esta política ha sido mayor pobreza infantil, mayor número de personas sin hogar y pérdida salarial de los trabajadores, y señala que la solución es garantizar e incrementar la inversión pública y el crecimiento de toda la economía, para lo cual se necesita, sin duda, una mayor intervención del gobierno. Incluso, ha propuesto un Banco Nacional de Inversiones y un Fondo de Transformación, como instrumentos para lograr mayor riqueza y mejores empleos.

Por otro lado, cada día hay un mayor número de investigaciones sobre lo que ha sido y está siendo el neoliberalismo y, de nuevo, casi 20 años después, sigue la discusión sobre lo que el profesor de Harvard Dani Rodrik denominó “el teorema imposible”, en el cual la democracia, la soberanía nacional y la globalización son mutuamente incompatibles; se podrían combinar dos de ellos, pero nunca los tres: el famoso “trilema”.

Asimismo, ha estado en debate en muchas partes del mundo la reducción, aceptada por los Estados, de su intervención en la economía de diversas maneras. Una de ellas, que nos ha pegado a todos los países, es el haber permitido que el Banco Central determinara como su principal objetivo el control de la inflación, olvidándose de otros tan importantes como el empleo o el crecimiento económico.

Decíamos al inicio de esta columna que, a diferencia de otros países, en el nuestro no hay debate con el gobierno sobre la situación que estamos viviendo, lo cual es preocupante. Se publican libros, se escriben artículos, se dan conferencias, se hacen entrevistas en los medios de comunicación, pero es rarísimo ver o leer que algún servidor público haga comentarios. Los únicos comentarios que se hacen son para insistir en lo bien que vamos como país y que, por supuesto, todas las políticas están funcionando en favor de la sociedad. ¿Lo creerán en serio?

Tomemos el caso de la situación económica. Vemos fotos de los principales servidores públicos dedicados a esta área siempre sonrientes, sea cual sea el tema, con un crecimiento tan pírrico del Producto Interno Bruto desde hace años, con una inflación cercana a siete por ciento, con una devaluación creciente, y así podríamos seguir.

¿Cómo se puede convencer a la gente de que la inflación que estamos viviendo no es de preocupación, porque el año que viene, según dicen, bajará a tres por ciento cuando mucho? Este ofrecimiento es muy bueno, pero ¿bajará la gasolina?, ¿bajará el precio del gas doméstico?, ¿bajará el precio del transporte público y privado cuando lleguemos de nuevo a ese famoso tres por ciento?

Mi opinión es que no debaten porque no quieren, porque son tan soberbios y están tan convencidos de que lo están haciendo bien y de que es el único camino a seguir, y que, por supuesto, sería una pérdida de tiempo ponerse a discutir la política económica, sin darse cuenta de que en varias partes del mundo lo están haciendo porque la insatisfacción social es creciente.

Muchas de las propuestas que hacen los diversos grupos, no sólo partidos políticos o académicos, sino la sociedad en general, son atendibles y deberían ser debatidas o, por lo menos, escuchadas, más allá de fotos sonrientes. Como dice el poema de Mario Benedetti: “Seré curioso, señor ministro. De qué se ríe, de qué se ríe”.

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