Ramón Cano Manilla, un pintor del campo mexicano
Uno de los libros más entrañables de nuestros años
en la primaria es aquel con la portada de El Globo: una escena pueblerina en la que diferentes personajes observan curiosos el lanzamiento de un globo
de cantoya con los colores de la bandera nacional.
Su autor fue Ramón Cano Manilla, mi bisabuelo.
Hoy, su obra India oaxaqueña forma parte de la exposición temporal Mexique (1900-1950) que se presenta en el Grand Palais de París. Con ella alcanzó renombre internacional en 1929, cuando en la Feria Iberoamericana de Sevilla obtuvo medalla de oro: en medio de la vegetación tropical, la mujer luce soberbia un huipil ricamente bordado, plasmado sin descuidar el menor de los detalles.
Nació el 22 de diciembre de 1888, en Martínez de la Torre, Veracruz, en una época en la que era casi imposible evadir el destino inherente de un origen humilde. De jornalero de hacienda a pintor reconocido, ejemplifica como pocos al artista de talento innato que logra desarrollar sus cualidades y destacar a pesar de las dificultades.
Desde su niñez trabajó en las labores propias de las haciendas porfirianas: de su padre aprendió el oficio de herrero, desempeñándose además como domador de caballos, peón y vaquero. No es de extrañarnos que en sus obras refleje ese ambiente pintando paisajes rurales, fiestas de pueblo y escenas de la vida cotidiana, exaltando con ello la importancia del agro en la economía de cualquier país, así como la riqueza natural y cultural del campo mexicano en su diversidad.
Llegó a la Ciudad de México en 1920 con el objetivo de desarrollar profesionalmente su talento. Se unió a la Escuela de Pintura al Aire Libre de Chimalistac, destacando desde un inicio. Diego Rivera ya en 1921 reconoció en él “madera en que se podría tallar un gran pintor mexicano”. En esa escuela Ramón Cano fue alumno, mozo y profesor, llegando a ser su director en 1926.
Las escuelas de pintura al aire libre fueron un interesante proyecto cultural que buscaba la formación de artistas emanados del pueblo, dotándolos con los materiales necesarios para forjar su estilo propio sin estar sujetos a los cánones académicos. Considerado uno de sus mejores exponentes, Cano Manilla fundó escuelas del mismo tipo en Monterrey y San Andrés Tuxtla. Como todos los artistas de su generación, desarrolló un alto sentido social en una época en la que el desarrollo material iba ligado a la cultura y al nacionalismo.
No sólo pintó con el pincel, escribió dos libros publicados de manera póstuma: Prisiones de Valle Nacional y Abuelito, cuéntanos cómo aprendiste a pintar, ambos de carácter autobiográfico, dejando testimonio de su época y de sus años formativos. Su afán por contar su historia también lo llevó a realizar 54 cuadros en pequeño formato en los que ilustró pasajes representativos de su niñez y juventud, siendo considerado como el primer artista en el mundo en realizar una Autobiografía pictórica.
La luminosidad de los colores de su obra contrasta con el sufrimiento que vivió en la hacienda La Veracruzana en Oaxaca, centro de trabajos forzados del porfiriato, donde hombres y mujeres tratados como esclavos eran víctimas de la humillación más deplorable por parte de los hacendados extranjeros y sus capataces. Haciendo uso de su ingenio juvenil logró evadirse; de no haberlo hecho, con toda seguridad habría muerto como tantos que no pudieron narrar ese oscuro pasaje de la dictadura.
En 1948 llegó a El Mante, Tamaulipas, comenzando una etapa importante en el desarrollo cultural de esa ciudad por la actividad artística y docente que realizó: plasmó su talento en 500 metros cuadrados de pintura mural en edificios públicos, fundó y dirigió el Instituto Regional de Bellas Artes, además formó un grupo de artistas plásticos destacados en el ámbito regional. Hombre modesto y taciturno, en la última etapa de su vida disfrutó merecidamente del respeto y el reconocimiento público. Murió en 1974. Legó a la nación una parte considerable de su obra a través del Instituto Nacional de Bellas Artes, pudiendo admirarse algunos de sus lienzos en el Museo Nacional de Arte.
En Ramón Cano se conjuntó el talento y el esfuerzo personal con la posibilidad del mejoramiento social que abrió la Revolución Mexicana a través de instituciones educativas y culturales. La revaloración del arte nacional del siglo XX nos permitirá aquilatar lo que hemos perdido: nuestra identidad como mexicanos. Sólo así podremos enfrentar las adversidades que nublan el futuro.
