"No está chido vivir con VIH"
En México el estigma asociado al sida es un lastre que dificulta el control de la epidemia. Desde hace 40 años hay rechazo, segregación e incluso violencia en contra de las personas que viven con VIH. Las expresiones de discriminación están presentes en prácticamente ...
En México el estigma asociado al sida es un lastre que dificulta el control de la epidemia. Desde hace 40 años hay rechazo, segregación e incluso violencia en contra de las personas que viven con VIH.
Las expresiones de discriminación están presentes en prácticamente todos los ámbitos, siempre revestidas de señalamientos moralizantes pero también normativos, incluso algunos han sido elevados al orden jurídico con fines prohibicionistas y punitivos. Escuché decir a un paciente que “no está chido vivir con VIH”.
Y efectivamente no está chido, porque los estigmas siembran la percepción de culpabilidad. Se cree que si la infección es prevenible entonces quienes la adquieren son responsables de no haberse cuidado. Ese reduccionismo sigue presente incluso en el sector salud donde mucho personal pone atención a los procesos internos y administrativos, de auditoría y orden de procedimientos por encima de los pacientes, quienes además de cargar el estigma de la culpa, soportan también el dedo índice de los servidores públicos que les restriegan en el rostro “la irresponsabilidad” por no cuidar su apego al tratamiento o por haber desarrollado infecciones oportunistas.
De poco sirven los avances de la ciencia médica para mejorar la calidad de vida si el peso del estigma sigue marcando la intensidad de la discriminación. Hace unos días el Instituto Nacional de Estadística y Geografía dio a conocer los resultados de la Encuesta Nacional sobre Discriminación 2022 revelando la magnitud de este flagelo y sus diversas expresiones en la vida cotidiana.
El INEGI sembró algunas preguntas relacionadas con el VIH/sida en los cuestionarios aplicados en 42, 302 viviendas de todo el país y entre otros datos revela que la discriminación encontrada va más allá de la identidad de género o preferencia sexual. De esta manera, encontró que 35.4% de la población de hombres mayores de 18 años no estaría dispuesto a rentar un cuarto de su vivienda a una persona que viva con VIH o sida.
Otro indicador sensible es que el 47.7% de la población de 18 años y más -tenga o no tenga hijos- rechazaría que su hija o hijo se casara con una persona con VIH. Es un porcentaje mucho mayor a quienes se oponen a que uno de sus hijos o hijas se case con una persona del mismo sexo.
El rechazo en contra de las personas afectadas por el VIH/sida impacta también el ámbito laboral, donde 14.6% de la población de 18 años y más no estaría de acuerdo en contratar a una persona que viva con VIH o sida. Es el porcentaje más alto de rechazo en términos contractuales, por encima de una persona trans (10.7), un migrante (9.7), un gay -homosexual o lesbiana- (9.6), un afrodescendiente (4.8), una persona con discapacidad (4.7), una embarazada o con hijos pequeños (4.3) e indígenas (3.3).
¿Por qué no se ha logrado controlar la discriminación asociada al VIH/sida? ¿Por qué persisten los estigmas que restan integridad y oportunidades a los hombres y mujeres (cis y trans) que viven con esta infección incurable? La respuesta es sencilla: porque las estrategias de comunicación para prevenir y controlar la epidemia también han fallado.
Parece irónico, pero la sociedad no solo discrimina, también acepta que discrimina y esto quedó documentado en las primeras encuestas del Consejo Nacional para Prevenir y Eliminar la Discriminación. Son múltiples los testimonios de discriminación recogidos desde los años ochenta en la prensa, en sondeos de opinión, en trabajos demoscópicos y en múltiples congresos y foros. En los grupos de auto apoyo es un tema recurrente que desde hace años se trasladó a las redes sociales.
Ciertamente los llamados a cuidarse, a usar barreras de protección e incluso a disminuir riesgos para evitar el VIH o cualquier otra infección de transmisión sexual han formado parte de innumerables campañas. Sin embargo, la percepción de riesgo nunca ha logrado convertirse en un propósito permanente para cuidar la salud sexual y reproductiva. Recientemente realicé una investigación que tuvo como propósito conocer la percepción social sobre esta epidemia desde los años ochenta hasta el 2020. Revisé más de cuarenta trabajos (encuestas, abordajes etnográficos y estudios epidemiológicos, entre otros) y la constante en cuatro décadas es la misma: la mayoría de la población no se percibe en riesgo.
En gran medida esa desaprensión tiene que ver no solo con la falta de información apropiada para conocer los recursos biomédicos que evitan la transmisión del VIH, sino con dos verdades incómodas: 1) que vivimos en una sociedad de tradición discriminadora, clasista, misógina, homofóbica, xenofóbica y ahora transfóbica, y 2) que el sida en este país no ha sido abordado como lo que es: una epidemia que necesita monitorearse no desde esa broma en que se convirtió el consejo consultivo del CONASIDA sino al interior del Consejo General de Salubridad, que en el 2004 ordenó una serie de medidas incumplidas a la fecha.
No se puede cargar sobre las personas afectadas la responsabilidad de este complejo tema de salud pública; este es un reto para el Estado. La encuesta del INEGI revela, como lo hemos apuntado en otras ocasiones, que el modelo de lucha contra el VIH/sida está agotado.
Referencia
- Arellano Delgado, LM “Comunicación y Percepción social sobre el VIH y el sida”. Los Efectos Sociales del VIH y el Sida en México, cuatro décadas de pandemia. García-Murcia, Mendoza-Pérez y Salinas-Hernández, Coordinadores. Ed. HCH/UNAM, 2022, México.
