Covid: disputar la verdad

La verdad “pura” no es un ingrediente del periodismo, que la disecciona y por eso mismo la manipula. Esto es algo cotidiano: toda noticia es producto de una verdad clasificada, adjetivada, editada e interpretada. De eso se alimenta la opinión pública mexicana ...

La verdad “pura” no es un ingrediente del periodismo, que la disecciona  y por eso mismo la manipula. Esto es algo cotidiano: toda noticia es producto de una verdad clasificada, adjetivada, editada e interpretada.

De eso se alimenta la opinión pública mexicana todos los días y en la cobertura noticiosa del SARS-CoV-2, la lectura de la pandemia pasa precisamente por la lógica arriba señalada.

Sin sustento científico, muchos noticieros pero también el periodismo escrito han dictaminado lo falso y lo cierto del manejo epidemiológico. En las mesas de redacción se desprecian las proyecciones de la pandemia formuladas por matemáticos, científicos sociales e ingenieros informáticos.

Un núcleo de comunicadores actúa como fiscalía frente a la respuesta epidemiológica, pero con una directriz editorial previamente trazada. Para ellos y ellas, en el manejo de la crisis sanitaria el gobierno está equivocado, no dice la verdad, es responsable de los nuevos contagios y hasta de la mortalidad. No son propiamente fake news lo que difunden. Van por más; el derecho de valorar cualquier contenido, aunque no lo comprendan.

Dicho núcleo asume que no necesita preparación para validar el seguimiento epidemiológico divulgado diariamente e incluso filtra la solvencia de los informes técnicos. Es como un tribunal que se arroga el derecho de aprobar lo que dicen los demás. Mismo desplante de soberbia que en 1974 observó el periodista Furio Colombo, al señalar que la televisión se utilizaba a sí misma “como cita y testimonio del acontecimiento auténtico” y en consecuencia como depositaria de la verdad.

El suceso que le abrió la puerta a la televisión como poseedora de esa verdad tan codiciada -relata Colombo- se registró en Estados Unidos el 24 de noviembre de 1963 por parte de la cadena NBC, al captar y transmitir en vivo el homicidio de Lee Harvey Oswald por parte de un gatillero de nombre Jack Ruby, quien se hizo pasar por reportero para acceder al supuesto asesino del presidente John F. Kennedy. Ese suceso, que atestiguaron millones de estadounidenses mientras sucedía, marcó la pauta para lo que Colombo llamó el “nuevo paisaje” de la comunicación, consistente en el acto de encender un televisor y sentarse a esperar algún suceso transmitido en vivo. Es decir: que si algo no pasaba por ese medio de comunicación simplemente no había sucedido.

Esta es solo una forma de explicar por qué el periodismo en televisión, a partir del peso discursivo de la imagen, se adjudicó primero el derecho de otorgar o negar la credibilidad y después de hacerlo incluso sin videos de por medio, ni mucho menos evidencias para documentar. Durante muchos años ha bastado la afirmación de los conductores para imponer sus afirmaciones.

¿Por qué se duda de la estrategia de seguimiento, control y escalonamiento de medidas por parte de la autoridad sanitaria mexicana? En realidad la respuesta debe buscarse ante la forma en que ese núcleo de periodistas juzga toda la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien no termina de comprender su deficiente política de comunicación social y mucho menos que él mismo tampoco puede ser el vocero de su propio gobierno. Centrar en su persona toda la atención del país también hace evidente, de parte suya, la obsesión por revelar la verdad del país, un síndrome muy parecido al que se ha desarrollado en el periodismo.

La obsesión presidencial sin duda ha impregnado el discurso de la Secretaría de Salud. Pero por eso mismo, es deplorable que en lugar de concitar el interés por la ciencia, la medicina y la epidemiología, muchos medios decidieran banalizar un singular y doble ejercicio de transparencia que se configuró, un lado, con la creación de un portal muy completo de información interactiva y actualizada sobre la evolución de la epidemia en el país así como las normativas y medidas tomadas para enfrentarla, y por el otro  la organización de conferencias vespertina diariamente desde el 29 de febrero. En éstas se describe el sustento metodológico así como la evidencia científica respecto al registro del SARS-CoV-2 con estadísticas, clasificación y detalle de casos, acumulación de números y proyecciones de escenarios en las distintas regiones del país.

El rating de estas conferencias vespertinas ha sido muy grande y ha desplazado a las audiencias cautivas de la televisión. Por redes sociales, en la televisión pública e incluso la televisión privada, se transmite en directo la versión gubernamental de la epidemia, sin la edición periodística de los noticieros y las mesas de redacción.

Al informar por encima y al margen de una prensa adversaria, a través de la misma pantalla que configuró el paisaje descrito por Colombo, el gobierno acentúa la disputa de contenidos. Nadie se podrá sorprender que al concluir la emergencia sanitaria la verdad esté diluida.

Referencia

  • Colombo, Furio. “Televisión: la realidad como espectáculo”, traducción de Esteve Riambau i Saurí. Ed. Gustavo Gili, 1976, Barcelona.

@LuisManuelArell

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