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Europa y los inmigrantes

Unos lograron huir de las guerras en Irak y Siria, dejando atrás sus casas derruidas.

Los inmigrantes llegan desde el sur, este y oeste en una incesante romería de angustias y desesperaciones que llena barcazas, buses, trenes o carreteras regionales en un éxodo bíblico inédito no visto desde cuando los europeos huían en masa de la pobreza y la guerra hacia otros lugares exóticos donde salvar el pellejo, como Nueva York, Buenos Aires o México.

Árabes, africanos, asiáticos, afganos, paquistaníes, mongoles, turcos, kurdos, sirios, libaneses, iraquíes, rumanos, búlgaros, húngaros, ucranianos, magrebíes, yemenitas, sudaneses, nigerianos y subsaharianos huyen de las guerras y la miseria en una estampida generalizada.

Habitantes de todos los colores y orígenes desembarcan en las costas griegas o italianas y luego de jornadas por tierra se apeñuscan en las estaciones centrales de París, Verona, Milán o Múnich, sin saber una palabra de los idiomas locales, en busca de interlocutores benévolos que los orienten a pedir asilo político o económico. Basta observar en las estaciones o campamentos improvisados para ver familias que sólo traen una maleta y el bolsillo vacío. La madre joven, una hija adolescente, un bebé que llora, la abuela ciega, el abuelo resignado. Y en la mirada de los jóvenes, cierto brillo de felicidad como si hubiesen llegado al paraíso.

Eso no se veía desde cuando millones de familias del mundo llegaban en barcos a Nueva York e iniciaban el largo proceso de buscar papeles, en busca de El Dorado del trabajo y una casa donde poner las maletas para iniciar la conquista del sueño americano. Lo mismo ha ocurrido con millones de mexicanos y centroamericanos que llegan a la frontera de Estados Unidos y huyen de las balas de la migra o mueren de sed en el desierto o, antes de llegar a la frontera, son baleados por los narcoparamilitares.

Unos lograron huir de las guerras que sacuden a Irak y a Siria, dejando atrás sus casas derruidas y después de vegetar meses o años en campamentos gigantescos, situados en la frontera turca o libanesa, emprenden la aventura, ya sea por tren o carretera o de isla en isla a través de países hostiles, hasta llegar guiados por coyotes a aquellos lugares donde al fin se vislumbra la Europa del espacio Schengen, de libre circulación. Cristianos coptos, chiítas, sunitas o miembros de una interminable lista de confesiones corre a toda velocidad antes que los asesinos de Daesh y el califato islámico lleguen para degollarlos en público o quemarlos vivos. Otros huyen de donde reinan los talibanes o los jeques de Al Qaeda, o de países fronterizos en el sur de la vieja Unión Soviética, donde ahora no se sabe cuál es la ley.

Otros abandonan el infierno africano, donde las guerras estallan cada día azuzadas  por dictadores o presidentes de opereta que crean países como solares donde el fanatismo de las religiones y las etnias predominan entre el sanguinolento espectáculo de las masacres de Boko Haram o los ejércitos sudaneses, nigerianos, nigerinos, chadianos o yemeníes. Más al norte huyen los libios o los tunecinos, argelinos o egipcios sin empleo, mezclados a los malienses y los tuareg de turbante por los desiertos, donde yacen los vestigios de los primeros homínidos y hoy circulan arsenales locos de armamentos abandonados tras la guerra en la Libia de Gadafi.

A todos ellos se agrega la juventud española y portuguesa que huye del desempleo y es visible ya por cientos de miles en Francia o Alemania o los países nórdicos, a donde llegan en busca de trabajo, portando sus diplomas universitarios. Es un éxodo económico al que se agregan decenas de miles de sudamericanos sin empleo en la madre patria y que recorren Europa en busca de trabajos de obreros, plomeros o albañiles. Y toda esa gente llega así a Italia, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Suecia, Dinamarca o Noruega a reunirse con amigos, contactos o familiares. Estos últimos días, centenares se metieron en estampida por los túneles del tren que lleva de Calais, en Francia, a Inglaterra, por debajo del Canal de la Mancha, e incluso un adolescente fue electrocutado el viernes al lanzarse al techo del tren de alta velocidad que lleva a Londres, como lo hacen los pobres en India.

Son cientos de miles los que llegan a Italia y el drama es tal que los países europeos se dividen por decenas de miles los refugiados para que no se concentren en un solo lugar. En Alemania, donde hay movimientos muy fuertes de acogida, fustigados por los opositores de extrema derecha del movimiento neonazi Pegida, los militantes manifiestan para exigir al gobierno más facilidades y hospitalidad. Es usual ver chicos traumatizados por las guerras, que no saben el idioma, orientados por educadoras alemanas que les abren las puertas en ese mundo desconocido. La cantidad de mujeres con velo o burka es visible y cientos de miles viven ya en apartamentos de interés social en los suburbios donde pasan sus días encerrados viendo televisión y en espera de subvenciones otorgadas después de trámites engorrosos.

En París aparecen y desaparecen los campamentos de refugiados instalados en baldíos, espacios abandonados por los ferrocarriles o en edificaciones desiertas, donde son orientados por organizaciones humanitarias. Parejas jóvenes, muchachos perdidos con la mirada hacia los bulevares, ancianos lelos en medio del griterío y el sonido de los vehículos que cruzan por el periférico, esperan que el destino vele por ellos. Eso ocurre hoy en la Europa marcada por crisis simultáneas, estancada y llena de deudas, timorata, cegatona y pesada por la creación de un mastodonte unitario y torpe que no sabe cuál es su rumbo, mientras crecen los partidos extremistas que protestan contra los inmigrantes viejos y nuevos, y acecha la amenaza de los islamistas fanáticos que esperan el momento para cometer atentados sanguinarios contra los occidentales en nombre de Alá.

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