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El París de Modiano

El escritor inició su camino literario siendo un tímido adolescente solitario

El Premio Nobel de Literatura para el francés Patrick Modiano (1945) es un reconocimiento de la Academia Sueca antes que todo a los escritores que pasan la vida ensimismados en sus temas sin apartarse nunca de sus objetivos y que evitan desplegarse como otros en el ágora dedicados a actividades políticas y mundanas que terminan por devorarlos y apartarlos de sus más profundas inquietudes.

Modiano inició su camino literario siendo un tímido adolescente solitario que pasó años en pensionados escolares lejos de su familia y aprendió desde muy temprano a caminar solo en los característicos días otoñales de París, en esos lejanos años 1950, cuando Francia salía de la ocupación y lidiaba con el conflicto argelino en busca de una estabilidad política que al fin le llegó con el inicio de la V República y el patriarcado del general Charles de Gaulle.

Quienes han visto alguna vez el inolvidable filme de François Truffaut Los 400 golpes, protagonizado por el también solitario niño Jean Pierre Léaud, podrán ingresar a la París brumosa de esos tiempos, tan distinta a la museográfica del siglo XXI. En los años en que Modiano escribe y empieza a publicar, a fines de los 60 y comienzos de los 70, tan revolucionarios y cambiantes, donde se percibía el auge del progreso y el crecimiento otorgados por la estabilidad política y económica, quienes conocimos el París de esa época podíamos ver en los viejos los remanentes de ese rencor terrible, la cicatriz imborrable. A un lado estaban ellos, los sobrevivientes de la guerra, con sus secretos y mentiras, sus heroicidades falsas o sus dolores verdaderos y al otro los jóvenes, rubicundos muchachos intrusos, alegres y festivos, ávidos de placer y rock, en un mundo de sombras y amarguras.

Ese es el mundo que ha querido revelar Modiano en sus novelas: es la indagación del joven tímido, algo tartamudo, en los entresijos de la generación de sus padres y sus contemporáneos. Se pregunta él quiénes fueron, qué hicieron, qué secretos guardaron, indaga sobre sus amores, mentiras y traiciones. Lo mismo ha hecho Michel Houellebecq (1958), el otro gran novelista francés actual, al cuestionar y demoler a la generación de sus odiados padres, un poco posterior a los de Modiano.

En los libros de Modiano también está presente siempre París: como Proust en En busca del tiempo perdido, Modiano recorre las calles de la ciudad centímetro a centímetro, ingresa en esos bistrots anónimos que se encuentran en esquinas, plazas y callejones y donde todo el día agotan el tiempo seres quebrados que deliran a veces y hablan entre ellos, ebrios al calor de unos vinos, en las emblemáticas barras metálicas tan necesarias para los millones de solitarios que habitan la ciudad. Es tan aburrido todo para ellos, que pueden divertirse leyendo la guía telefónica.

En sus páginas captamos las atmósferas variadas de París según las diversas estaciones, percibimos la bruma, la lluvia, la esperanza de la primavera, las luces que surgen de tantos diminutos apartamentos y buhardillas, las sombras de esos habitantes secretos que vemos obligatoriamente a través de visillos y cortinas, porque la ciudad es un estrecho hormiguero de gente que vive hacinada en espacios y calles estrechas y lúgubres.

Uno hubiese pensado que el tema de París, el epicentro de la obra de Proust y tantos otros autores, había sido cerrado para siempre y pasado de moda. Pero no, la verdad es que con el Nobel a Modiano, se ha premiado también a esta maravillosa ciudad donde ha existido una de las literaturas más extraordinarias y permanentes del planeta desde los tiempos del Villon, Sade, Nerval, Hugo, Balzac, Baudelaire, Dumas, Zola, Huysmans, Céline, Sartre y tantos otros hasta nuestros tiempos.

Gran parte de esa literatura ha surgido en las intrigas y secretos del barrio editorial de Saint Germain des Prés, donde ha reinado la gran editorial Gallimard, la misma de Proust y de todos los Premios Nobel franceses sin falta, que ya llegan a 15 y convierten a Francia en el país más premiado en la historia del galardón. En esas cuantas cuadras se define todo en la literatura francesa y a veces mundial, y Modiano, como Le Clézio, son perfectos productos de esos “cogollitos” cerrados de los que hablaba Proust, por fuera de los cuales ninguna otra literatura existe.

Modiano tuvo como padrinos a Queneau, Morand y Malraux, de la misma forma que Proust los tuvo en su momento después de que el incrédulo Gide cometiera el terrible error de rechazar para Gallimard el primer tomo de su obra magistral, pues a la literatura francesa se ingresa casi por cooptación, en medio de rituales y de crueles cofradías secretas que actúan en los laberintos del mismo barrio.

Por eso el tímido Modiano supo del premio cuando caminaba por ahí después de almorzar con su esposa en alguno de los restaurantes del barrio y caminando tal vez llegó a Gallimard a ofrecer la conferencia de prensa ante la prensa mundial, escoltado por el descendiente de los Gallimard y actual director, el poderoso Antoine, y por su séquito de editores encabezados hoy por Phillippe Sollers y Michel Braudeau. Modiano nunca ha salido de Saint Germain des Prés y de los barrios cercanos y por eso su obra es un puro producto parisino en la línea de Hugo, Balzac, Proust o Céline. Su Nobel es también un premio a París y sus fantasmas.

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