Oídos sordos y pijamas tardías

Son las tres de la tarde y todavía ando en pijamas, mi día ha sido muy fructífero, porque mi estilo de vida me permite trabajar desde mi casa. De pronto suena el timbre y sorpresa, una vecina con su hija, justo cuando estaba decidiendo cerrar el changarro y dormirme una ...

Son las tres de la tarde y todavía ando en pijamas, mi día ha sido muy fructífero, porque mi estilo de vida me permite trabajar desde mi casa. De pronto suena el timbre y sorpresa, una vecina con su hija, justo cuando estaba decidiendo cerrar el changarro y dormirme una siesta.

Hola, venimos a saludar, ¿qué haces en pijamas? ¿Te sientes bien? Y justo ahí fue cuando esta culpabilidad que solía recorrer mi cuerpo por tomar decisiones como ésta de quedarme a trabajar, cocinar y simplemente entender mis ritmos reapareció. Lo sentí en la piel, como cuando sientes un cubetazo de agua fría, como si indicara que lo que estás haciendo está mal. Respiré hondo y le pedí a mi cerebro, mientras ella me seguía cuestionando, que aceptara mi realidad y mi decisión, independientemente de los juicios externos, que todo estaba bien. Ésta es mi vida y yo estaba plena y feliz, me lo repetí varias veces.

Finalmente la vecina decidió irse, ¡que alivio!, supongo que asumió que yo estaba enferma o algo por el estilo, yo fui la más feliz, me recosté, leí, hice estiramientos y yoga y después me dormí temprano. A la mañana siguiente me tocaba llevar a mi hijo al cole, fui a recogerlo donde su papá con una sonrisa de oreja a oreja, había descansado en lunes, así que el martes, fresca como una lechuga, hice lo que tocaba y curiosamente ese día fue más productivo que cualquier día de mi semana pasada.

Rumbo a una reunión, recordé aquella noche clave en mi vida, en donde el papá de mi hijo cuestionó mi todavía andar en pijamas, mientras tenía a un hijo que amamantar y me dedicaba 100% a mi casa y mi familia. Era una mamá primeriza y esos primeros meses de tanto amor se veían atropellados constantemente por esos cuestionamientos, como si cuidar y amamantar a un bebé y llevar una casa y todo lo que implica significara no hacer nada. Intenté ser compasiva con esa situación, pero el dolor de la incomprensión del otro me cegaba. Así me convertí en una persona triste, gris y huraña.

Al cabo de un tiempo, entendí que tenía que poner límites y asumir que mi trabajo, ser madre y esposa, tenía que respetarse. Era mi responsabilidad afrontar de una forma inteligente las críticas de mis colegas productores o de mi propio esposo y usarlas a mi favor para crecer emocionalmente. Ser madre y ama de casa tenía un valor para mí y mi familia, y ahora era mi profesión. No había de otra que recorrer el camino y ese camino tenía mucho aprendizaje y responsabilidades que, en muchas ocasiones, no me encantaban. El vacío y la tristeza ya estaban instalados en mí, así que no tenía mucho tiempo, el tren estaba a punto de llevarme así que... intenté de mil maneras plantear mi situación y argumentar el valor que tenía esta nueva profesión en mi vida. Me importaba mucho que mi pareja y mi entorno aceptaran mi nueva vida.

Palabras necias y oídos sordos acabaron por convencerme de que tenía que tomar decisiones más drásticas que no estaban contempladas en mi vida en ese momento. Emprendí el vuelo sola y decidí aventurarme a buscar esa fórmula mágica que yo sabía que existía, la intuía, pero que no era precisamente la fórmula de todos.

Cómo ser feliz haciendo lo que me gusta y afrontando mis momentos con amor, paz y paciencia hacia mí misma. Implementé la compasión hacia mis necesidades reales y fue así como llegué a donde estoy, a ser una mujer que educa y cría a un hijo, quien además encontró su modus vivendi haciendo lo que le gusta, escribiendo y dedicándome a la educación alimentaria familiar.

No fue fácil y el camino fue sinuoso, pero también tiene su lado bueno, aprendí a priorizar distinto. He crecido mucho como ser humano, he reconocido que existen distintas formas de vivir y que cada una es válida. He entendido que no vale la pena juzgar, pero sí observar y respetar.

He tenido muchos maestros de vida que en algún momento dijeron que era una persona inestable y desadaptada, que en su momento me hirieron, pero ahora entiendo que ellos no conocían esta otra parte a la que yo me abrí.

El como si haciendo y siendo muy yo podría ser feliz. Fuera miedos y arriba corazones, puedes escuchar nuestro nuevo podcast, cada viernes en www.robleswelch.com o en redes sociales

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