“No debo trabajar, todavía soy pequeño”

Hace unas semanas, como muchas madres en este país, me vi en la necesidad de llevar a mi hijo Matías a la oficina. Era viernes de consejo técnico, esos días sin clases que, parece, son más pensados para la burocracia que para la niñez. Llegamos al trabajo y con la ...

Hace unas semanas, como muchas madres en este país, me vi en la necesidad de llevar a mi hijo Matías a la oficina. Era viernes de consejo técnico, esos días sin clases que, parece, son más pensados para la burocracia que para la niñez. Llegamos al trabajo y con la seriedad que solo un niño de cuatro años puede tener, me preguntó:

—¿Estamos en tu trabajo?

Y luego, casi indignado:

—Pero yo soy pequeño, no debo trabajar todavía.

Confieso que su comentario me causó gracia, sí, sobre todo porque regularmente es bromista, pero, sí me cimbró. Porque él, a su corta edad, ya entiende algo fundamental: que la infancia no debería compartirse con las obligaciones de los adultos. Que los niños deben jugar, aprender, descubrir el mundo… no ganarse la vida.

Pero también sé que Matías puede expresarse así desde el privilegio. Tiene a sus dos padres presentes, un hogar, comida diaria, escuela, cariño y tiempo para ser niño. Y la realidad es que millones de niñas, niños y adolescentes en México no tienen esa fortuna.

Apenas el 12 de junio se conmemoró el Día Mundial contra el Trabajo Infantil y los datos son verdaderamente alarmantes. Más de 3.7 millones de menores entre cinco y 17 años trabajan en México. Eso es uno de cada ocho. Y no hablamos de ayudar en casa o en el negocio familiar con amor y cuidado. No. Hablamos de un trabajo que pone en riesgo su salud, su desarrollo y su educación.

La mayoría de estos menores tiene entre 15 y 17 años, pero también hay miles entre 10 y 14. Y sí, incluso menores de nueve años.

¿Dónde trabajan? 33% en el campo, 23% en servicios, 21% en comercio —donde las niñas son mayoría— y otros más en la construcción, en la industria y en la calle.

Más de dos millones están en ocupaciones peligrosas: manejan herramientas pesadas, cargan costales, usan pesticidas, inhalan químicos. Mientras tanto, muchas niñas están atrapadas en trabajos domésticos forzados, dedicando más de 28 horas semanales a cuidar, limpiar y servir, casi invisibles en las estadísticas.

Y claro, la consecuencia es brutal: 21% de estos menores no asiste a la escuela. Ésa es la puerta abierta a un ciclo de pobreza que se repite generación tras generación.

Ahora bien, no se trata de caer en el juicio fácil. Esto no pasa sólo porque “los papás los mandan a trabajar”. El trabajo infantil está ligado profundamente a la pobreza, a la violencia, a la desigualdad, a la informalidad laboral. Aunque 53% de estos menores vive con ambos padres, muchas veces “no hay de otra”, crecieron en un entorno desfavorecido.

Y la pandemia vino a agravar las cosas. En estados como Chiapas, Oaxaca, Guerrero y Puebla, el trabajo infantil se disparó. ¿Y la autoridad?

En el país hay menos de mil inspectores laborales para más de cinco millones de centros de trabajo. Lugares clave como el campo —donde más niños trabajan— ni siquiera se supervisan una vez al año. Así es imposible erradicar esta práctica.

México ha firmado tratados internacionales, tiene leyes claras que prohíben el trabajo infantil. En papel todo se puede. Lo que falta es voluntad política, coordinación local y recursos.

Querétaro, Baja California y el Estado de México son ejemplos de que no todo está perdido. Han puesto en marcha estrategias específicas para combatir el problema. Sí se puede, pero falta que se quiera replicar.

Erradicar el trabajo infantil no es un sueño ingenuo. Es una meta urgente y posible. Pero requiere acción: de los gobiernos, de la sociedad civil y de todos nosotros.

Denunciemos, exijamos políticas públicas enfocadas. Y, sobre todo, resaltar la importancia de invertir en la niñez hoy para que mañana tengamos un país con menos pobreza, menos desigualdad y más oportunidades para todos.

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