Me encanta haber nacido mujer. Lo que no me encanta es que eso represente una desventaja en el mundo.
Llegué cargada de hormonas y lista —aunque no preparada— para ser un manojo de nervios, una montaña rusa de emociones cuando esos mensajeros químicos juegan chueco. Nací mujer y con límites que nunca fueron realmente claros: se me enseñó a ser amable, bondadosa, generosa; a aspirar a convertirme en la señorita abnegada y perfecta que tanto se aplaude y tan poco se cuestiona.
Nací mujer y, paradójicamente, llegué también cargada de una energía que muchos llamarían “masculina”. Aprendí a resolver desde niña. Sin embargo, al mismo tiempo se me inculcó la modestia: no celebrar demasiado los logros, no alzar la voz, no ocupar demasiado espacio. Mucho menos en público.
Aprendí pronto también a hacer oídos sordos a los gritos de hombres en la calle, a los comentarios susurrados sobre mi cuerpo, al acoso normalizado. Aprendí a caminar más rápido, a mirar al frente, a fingir que no escucho y no me afecta.
Nací mujer y en mi primer empleo descubrí que la retribución económica para mí era menor a pesar de hacer el mismo trabajo que mis compañeros. La explicación era profundamente injusta: ellos son o serán “pilar de familia”. Nosotras, al parecer, no.
Nací mujer y vivo bajo una presión social abrumadora para cumplir estándares de belleza irreales y cambiantes. Nací mujer y, por ende, hay quienes consideran que debo asumir naturalmente el cuidado de la familia, mientras también cuestionan si podré equilibrar una carrera profesional con esas responsabilidades.
Nací mujer en un país donde salir de casa implica un acto cotidiano de fe. En México, alrededor de diez mujeres son asesinadas cada día.
La lista de contras parece interminable. Pero no se trata de experiencias individuales. Ser mujer implica enfrentar desventajas estructurales profundamente arraigadas: brechas salariales que pueden alcanzar entre 20 y 35%, una carga desproporcionada de trabajo doméstico no remunerado y niveles alarmantes de violencia de género —psicológica, física y sexual—. Persisten estereotipos, discriminación laboral, acoso y subrepresentación en los espacios donde se toman las decisiones.
El problema no es únicamente nacional. A nivel global, las mujeres sólo cuentan con alrededor de 64% de los derechos legales que tienen los hombres. Si el avance continúa al ritmo actual, cerrar esa brecha podría tomar casi tres siglos.
Por eso, sigue siendo necesario conmemorar el Día Internacional de la Mujer cada 8 de marzo. Porque la igualdad sigue siendo una promesa incumplida. Porque las leyes que deberían protegernos aún fallan, y porque nuestros cuerpos siguen siendo territorio de violencia.
Cada diez minutos, una mujer es asesinada por su pareja o un familiar en algún lugar del mundo. Una de cada tres de nosotras ha sido víctima de violencia física o sexual en algún momento de la vida.
Nací mujer y la lista de obstáculos es larga. Pero también llegué con la certeza de que juntas, en sororidad, somos más fuertes y no estamos solas.
Porque ser mujer también significa construir redes, acompañarnos, nombrar las injusticias y negarnos a normalizarlas. Significa empoderarnos y empoderar a otras.
Nací mujer y me convertí en madre de un varón a quien estoy criando en la empatía para que sea respetuoso y crezca libre de la carga de los estereotipos tradicionales. Le inculco la importancia de no violentar, para que las madres de niñas no tengan que enseñarles a protegerse o a hacer oídos sordos.
Me encanta haber nacido mujer. Lo que no me encanta —y lo que no deberíamos aceptar— es que eso siga significando empezar la vida en desventaja.
