“Estancia forzada”

Hay frases que revelan más sobre un gobierno que cualquier discurso oficial. 

Decir que el último mes del ciclo escolar es un periodo “sin propósito” es una de ellas.

Las declaraciones del secretario de Educación Pública, Mario Delgado, para justificar la intención de recortar el calendario escolar por el Mundial y las altas temperaturas, exhibe una alarmante frivolidad institucional y una visión profundamente utilitaria de la infancia, de la educación y, particularmente, del trabajo de cuidados que históricamente han sostenido las mujeres.

La escuela nunca ha sido solamente un espacio académico. Después de la pandemia eso quedó clarísimo. Durante el confinamiento entendimos —o tendríamos que haber entendido— que las aulas también son espacios de contención emocional, detección de violencia, alimentación, convivencia y cuidado. Para miles de niñas y niños, la escuela representa incluso el único lugar relativamente seguro de sus vidas.

Hoy México enfrenta una crisis educativa preocupante. Los resultados de PISA muestran rezagos alarmantes en matemáticas, lectura y ciencias. Millones de estudiantes arrastran déficits de aprendizaje agravados tras la pandemia. Miles de escuelas carecen de infraestructura suficiente para enfrentar temperaturas extremas y muchas ni siquiera cuentan con acceso a tecnología básica.

Por todo esto, resultó preocupante escuchar al titular de la SEP minimizar semanas completas de clases como si fueran prescindibles.

CRISIS DE CUIDADOS

Y nuevamente se invisibiliza el trabajo de cuidados. Porque cada modificación improvisada al calendario escolar tiene consecuencias concretas dentro de los hogares. Y esas consecuencias casi siempre recaen sobre las mujeres. Resulta imposible separar esta discusión de la crisis nacional de cuidados. México sostiene buena parte de su economía sobre el trabajo no remunerado de las mujeres. De acuerdo con el Inegi, ellas dedican casi el triple de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados. 

En mi historia particular, soy madre de un niño pequeño. Tengo privilegios porque comparto la crianza con un padre presente y trabajo en un espacio donde no me niegan la posibilidad de llevar a mi hijo cuando la logística familiar se complica. Pero hay millones de mujeres que crían solas. Que trabajan jornadas extendidas. Que dependen de las escuelas públicas porque ahí sus hijas e hijos no sólo aprenden: también comen, socializan y permanecen seguros.

Ni madres y padres de familia ni docentes ni directivos escolares fueron consultados seriamente antes de lanzar la propuesta. Hubo quienes advirtieron de inmediato que terminar antes el ciclo escolar dejaría inconclusos planes de estudio y objetivos de aprendizaje.

Entonces, secretario: ¿de verdad el problema era pedagógico o simplemente logístico y político?

Asegurar que las escuelas funcionan como “guarderías” para comodidad de las familias es una afirmación profundamente clasista y misógina. Es clasista, porque desconoce que millones de hogares no tienen alternativas de cuidado. Y misógina, porque presupone que siempre habrá una mujer disponible para resolver lo que el Estado deja de garantizar.

Recularon a tiempo para no afectar directamente a las y los estudiantes, pero no lo suficiente como para disimular lo que este episodio exhibe sobre las prioridades del Estado. Detrás de la rectificación parcial permanece intacta una lógica política preocupante: la de un modelo que parece invertir cada vez menos en educación pública, pensamiento crítico y autonomía ciudadana, y cada vez más en mecanismos de dependencia social funcionales para la rentabilidad electoral.