Deuda con las infancias

Crystal Mendivil

Crystal Mendivil

Romper el techo de cristal

No hay mejor termómetro para medir el fracaso de un Estado que la vulnerabilidad de sus menores. En nuestro país, el panorama es desgarrador; hemos permitido que la violencia sea el primer lenguaje que aprenden nuestras niñas y niños, víctimas de una estructura que les ha dado la espalda sistemáticamente. 

Los casos recientes son una muestra, una muy dolorosa. Un niño de cuatro años, herido de gravedad con arma blanca mientras jugaba en un parque de la alcaldía Álvaro Obregón, en la Ciudad de México; un pequeño de tres años, asesinado junto a un adulto en la Cuauhtémoc; un menor de ocho años, apuñalado por su padrastro al intentar defender a su madre; una niña de cuatro años, víctima de abuso sexual en Veracruz; y un niño de dos años, despedido entre globos y exigencias de justicia tras morir por las quemaduras que sufrió cuando sujetos desconocidos incendiaron la tienda de conveniencia que visitaba junto a su padre. Historias distintas, pero con un mismo hilo conductor: la violencia que se ensaña con los más vulnerables.

La violencia contra las mujeres y la violencia contra las infancias están profundamente entrelazadas. El niño que muere por intentar proteger a su madre lo evidencia con crudeza: la violencia machista no sólo mata mujeres, también arrasa con quienes las rodean.

En 2025, cerca de dos mil menores fueron asesinados en el país. Más de 10 mil desaparecieron y casi tres mil siguen sin aparecer. Más de 60% ha sufrido agresiones físicas o psicológicas como parte de su crianza. Y uno de cada 13 vive en pobreza extrema. Estas cifras son el resultado de decisiones políticas, económicas y culturales que han relegado el cuidado a un lugar secundario.

VIOLENCIA ADULTOCÉNTRICA

Incluso la violencia que se da en casa y hasta en las escuelas: la violencia adultocéntrica —ésa que justifica el castigo físico como disciplina— sigue profundamente arraigada. “La nalgada a tiempo” continúa siendo vista como herramienta educativa, cuando en realidad reproduce ciclos de violencia que impactan el desarrollo emocional, social y neurológico de las infancias. No se trata sólo de daño inmediato: se trata de futuros condicionados por el miedo, la precariedad y la desprotección.

A esto se suma la impunidad. Muchos casos no se denuncian por miedo, desconfianza, por temor a la burocracia, por la falta de mecanismos accesibles. Otros, aún denunciados, no encuentran justicia. Así, la violencia se vuelve cotidiana, tolerada y casi invisible.

Frente a este panorama, poner el cuidado en el centro es sumamente importante. Reconocer que la vida, la dignidad y el bienestar de niñas y niños deben ser prioridad absoluta, no discurso retórico. Esto implica políticas públicas con enfoque de derechos, inversión sostenida en la primera infancia, sistemas de protección eficaces y comunidades activas que rompan el silencio.

Pero también exige cuestionar el fondo: un modelo que desvaloriza el cuidado, que lo delega casi exclusivamente a las mujeres y que lo considera un asunto privado. Cuidar no es un acto individual; es una responsabilidad colectiva.

Reitero que el Estado tiene una deuda evidente, pero no es el único actor. Como sociedad, nos urge reconstruir el tejido comunitario que permita proteger a las infancias más allá del núcleo familiar. Cuidarles no es una opción moral: es un mandato ético, jurídico y humano. Una niñez cuidada es una inversión que marca al porvenir. Porque, al final, la infancia determina el rumbo. Y el rumbo que estamos trazando como país no sólo debería preocuparnos, sino impulsarnos a actuar con urgencia y de forma conjunta.